Suena la radio. Una emisora de rock relativamente antiguo acompaña el zumbido del coche. Una curva, otra, ahora recto...las torres y el tendido eléctrico van pasando, como acompañándome en mi trayecto. No hay un paisaje especialmente bello, simplemente asfalto, quitamiedos metálicos, arbustos silvestres y mala hierba a mi alrededor.
Está anocheciendo. Es una de las últimas puestas de sol del verano. Por la luna trasera del coche, veo cómo el cielo se torna anaranjado, amarillento, e incluso en una pequeña franja se vuelve verdoso. No hay casi nubes, tan solo algunas estelas de los aviones que salen de Villanubla. Es el típico atardecer, pero es precioso. El Sol se esconde, poco a poco entre algunos árboles del pueblo que he dejado atrás. Las casas y la vegetación ya no tienen color, son solo siluetas que sirven de celosía para tapar al astro rey.
Giro el cuello y miro hacia la parte delantera del coche. Por allí el cielo se oscurece, se pone malva, rosáceo y morado. Las pequeñas nubecillas se han teñido de un color rosa pálido, ahora parecen de algodón de azúcar. Me doy cuenta de que la luna ya ha salido, totalmente redonda, grande, como si estuviera justo al llegar al horizonte. Hace apenas unos minutos era amarillenta, pero cada vez se ve más nítida, de un color blanco puro, brillante.
Es una de las pocas veces que veo encontrarse a la Luna y el Sol, saliendo por lados opuestos, tiñendo el cielo de sus colores favoritos. Al mismo tiempo que se pone el Sol, la Luna comienza su ciclo, en proporciones casi perfectas. El cielo es ahora un arco iris a gran escala, empezando por el rojo y terminando por el violeta.
Y mientras tanto, la radio sigue sonando, como fondo de este baile en el que la pista es el cielo.
Sigue siendo el típico atardecer...?

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