Sumergirse en una espiral sin salida es, en el fondo, inevitable.
La cuestión es tener suerte y caer en la que te gusta. La espiral que deseas que te vuelva loca.
Y llegados a este punto yo no sé si quiero esta espiral, o siquiera si he entrado en alguna. Hasta ese punto llega a nublarme la vista la rutina.
Dios, cómo la odio. Cómo bebe de mí hasta secarme.
Y cómo detesto el cambio, también.
¿Ves? A eso me refiero.
¿Cómo no me va a dar envidia leer lo que otros escriben sobre el caos, aunque sea mentira, si el caos le tengo yo en la sesera? ¿Cómo no voy a arrugar el hocico cuando habláis, si a mí ya no me salen palabras lógicas cuando quiero decir qué me pasa?
¿Cómo no voy a dormir (con suerte) dos horas diarias, si no tengo nada que descansar?
Y luego viene el inocente comentario de mi querida madre: "Si ya sé yo que a ti te gustan más las humanidades". A buenas horas, mangas verdes.
A la mierda, ¿qué estoy haciendo?
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