El hecho de que sienta esta necesidad por escribir aunque no sepa muy bien el qué, no es buena señal.
Ni siquiera tengo ganas de escribirlo en palabras bonitas, porque no las siento así. Y porque esto no es bonito.
Los días parecen de mentira, raros, un trampantojo. Me abruma la sensación de que, de pronto, me apoyaré en una pared y caerán el decorado y los micrófonos peludos. Ojalá al menos fuera así, un show de Truman.
Pero no, lo cierto es que iba en serio. Las paredes no se caen sino hacia mí, encerrándome. Me paso los días moviéndome entre bibliotecas y dramatecas, porque eso es mi casa.
¿Para qué inventarme cuentos? No quiero esquemas de "presentación-nudo-desenlace". No. Esto es nudo, nudo, nudo, nudo, nudo, ahorcado.
Hablando de nudos y gargantas, vivo con el miedo a que una canción me arranque las lágrimas -que están ahí, las noto- y mi madre me pida algo desde el salón. Y me las aguante, las trague (si la cuerda las deja pasar), porque si me preguntase qué me pasa, no tendría nada que decirle.
Y de tenerlo, no querría hacerlo.
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