Y al final todo se reduce a que no encuentro las llaves de casa.
Menos de setenta metros cuadrados que se me antojan como hectáreas de aire que huele a viejo. Si al menos mi comedor fuera grande no extrañarían los metros de distancia que nos separan en la mesa. Metros que se miden en gritos, copas de vino y gramos de nicotina.
Y el pasillo que tantos miedos me provocó de pequeña sigue jugando con mi cordura. Se alarga, se alarga, se alarga...como en una mala pesadilla en la que jamás alcanzo a tocar la puerta.
Las crías de pájaro no aprenden a volar si se le pone techo a los nidos.
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