Hace un año estaba en Irlanda, la verde Irlanda.
Era un maldito viaje con el instituto, una semana. Siete días y me enamoré de Dublín.
Es una sensación extraña pero placentera. De repente me sentía más de allí que de aquí, como si mis pulmones estuvieran hechos para ese aire húmedo y frío, (tanto, que te hace tiritar las ideas dentro de la cabeza al inhalarlo). Hasta el suelo parecía agarrarme los pies a cada paso.
Irónicamente, nunca me ha gustado especialmente el color verde. Pero allí todo es del verde más verde que he visto nunca, y es precioso.
Dublín es la ciudad de mis sinestesias: el aire huele a agua, y el agua huele a frío, y ese verde San Patricio sabe tanto a hierba que me cuesta escribirlo.
La gente, la Guinness, las canciones que suenan en cada calle, los tréboles y los leprechauns. El sonido del gaélico y el dulce acento con el que les sale el inglés a los risueños irlandeses (no había tanto pelirrojo, es todo mentira. Son rubios, rubios). El museo de Historia Natural, los cuervos, Molly Malone y el escote que debió de enamorar a tantos dublineses que ahora tiene una estatua delante del Trinity College. Los acantilados, tan rectos que parecen recortados por gigantes con precisión milimétrica, y el agua (que será lo único que no es verde en ese país) chocando enfurecida, mezclando el batir de las olas con el sonido de la lira que un artista está tocando subido a una roca.
Allí, pedir una cerveza "del tiempo" te garantiza que estará más fría que pidiéndola fresca.
No, no. Yo no estoy poética esta noche. Irlanda es así.
Por unos días me sentí en el sitio adecuado y en el momento adecuado. Nada salvo el pelo rubio y un padre de ojos verdes parece indicar que mis raíces sean celtas, ni nórdicas, ni nada por el estilo. Más bien todo lo contrario. Pero la sensación de hogar, de amar un terruño, de identificarse con una porción del planeta...sólo la tengo cuanto más al norte me dirijo, y en Irlanda como en ninguna otra parte.
Creo que uno de los recuerdos más felices que tengo es el de amanecer nevando el día de San Patricio, en una casa irlandesa con unos desayunos en los que la leche sabía de verdad a leche y una gata (esta sí) pelirroja pidiéndome parte de mis galletas.
Y hoy, un año después, desearía con todas mis fuerzas volver allí, volver con ella o con mis amigos, incluso vivir allí durante un tiempo. Allí me sentía más Blanca que nunca.
Crónaím thú, Eire.
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