Abuela, te fuiste hace seis años.
Bueno, permitidme este recurso, chicos.
Ya sé que no te fuiste a ninguna parte, y que no lo hiciste a propósito.
Pero conjugar el verbo "morir" es muy difícil para la primera y la segunda persona del singular.
Y ya sé que escribir una entrada como si hablase contigo es otra estupidez, pero me gusta así.
Hace seis años, la pequeña e insegurísima preadolescente que tenías por nieta estaba sentada en la silla del tanatorio sin saber qué decir, ni qué hacer, ni qué pensar.
Te hubiera gustado saber cómo soy ahora.
Tú me llamarías mujercita, supongo. Y ahora sé qué decir, y qué quiero hacer, y qué me gusta pensar.
No sabes lo importante que fue en mi vida el día de tu muerte. No te asustes, pero fue una torta en la cara. Un fin súbito de mi infancia.
Tranquila, está bien.
Crecí mucho con aquello.
Simplemente, a veces echo mucho de menos el poder coger el teléfono los domingos, preguntarte qué tal estás, contarte que nosotros bien aunque no sea del todo verdad, y poder decirte a cachitos todo lo que he crecido por dentro y por fuera. Que tengo novia, que quiero estudiar Biología, que papá nos ha pegado un catarro, y que a ver cuándo vamos a verte a Granada.
Me gustaría tomarnos un café juntas, con las tazas que ahora tenemos nosotros, con los pies sobre el brasero. Y decirte todo lo que a veces no puedo decirle a nadie más, porque sé que a ti podría contártelo.
Recuerdo perfectamente tu forma de maquillarte, las arrugas de tus manos, el color de tu esmalte de uñas y el modo en el que apoyabas la cara en el dorso de la mano cuando veías la televisión. Ese gesto de niña en cara de ancianita nunca se me olvidará.
Abuela, nunca te dije lo mucho que te quería, porque tampoco sabía que iba a echarte tanto de menos.
Aún hoy me pregunto si hice bien el 25 de Diciembre de 2007, porque no me asomé a verte. Pero entiéndeme. Entiende que tenía 11 años, que la muerte no era algo que tuviera en cuenta. Y que no iba a verte a ti, sino a tu cadáver. Eso ya no eras tú. No era tu forma de maquillarte, no era tu sonrisa, ni tu camisón. No hubiera sido la calidez de tu cuerpo cuando me abrazabas.
Si me hubiera asomado a ver tu cuerpo vacío tras un cristal, tal vez los buenos recuerdos que tengo hoy de ti hubieran desaparecido.
Mejor así.
Te echo de menos. No sabes la razón que tenías cuando me decías entre risas que eras "mi abuela moderna".
Fuiste la mujer más fuerte que he conocido nunca. La más fuerte y la más buena.

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