Me preguntaste qué pequeños placeres de la vida podría echar de menos cuando ya no pudiese vivirlos.
Y cuando me lo preguntaste, no supe qué contestar. En ese momento tenía muy pocos placeres, fuera cual fuese su tamaño.
Aún no sabía lo que era fumar en la cama, ni me gustaba el café. No echaba la siesta, no me pintaba bien los ojos, no escribía en cursiva. No había oído Shine On You Crazy Diamond en vinilo, no me gustaba la cerveza y las cachimbas me parecían instrumentos diabólicos.
Dormía con sujetador, me pasaba el día en zapatos y no me rascaba la marca de los calcetines. No había escuchado una lira en directo ni me había asomado al borde de un acantilado que podría ser perfectamente el fondo de un cuadro del Romanticismo. No me gustaba verme desnuda, no me gustaba verme. No me atrevía a probar cosas nuevas. No había tenido nunca ningún tipo de experiencia espiritual ni se me había dormido un gato en el regazo.
Nunca había escrito con pluma ni había tenido aún una escena compartiendo el escenario sólo con otra persona. Las escaleras de caracol sólo eran para subir o bajar, y las vías de tren sólo significaban despedidas.
Me preguntaste qué pequeños placeres de la vida echaría de menos cuando aún no éramos "nosotras", y cuando ni tú ni yo podíamos imaginar que lo seríamos.
Me preguntaste qué pequeños placeres de la vida echaría de menos sin saber que todos los anteriores se volverían grandes contigo.
(Que compartas tu cuerpo con el mío es uno de esos placeres tan grandes que no cabe ni en diez listas como esta).
Estás a tiempo de no leer más. Esta loca no se responsabiliza de posibles efectos adversos.
domingo, 11 de mayo de 2014
lunes, 5 de mayo de 2014
Sé que dieciocho años no son nada en la vida, mamá. Pero legalmente se me trata como adulta. Por lo menos me gustaría que mi palabra comenzase a contar en casa como lo que es y no como una opinión a destiempo que suelta un niño de cuatro años. Y que se deje de juzgar mi comportamiento como una ficticia "alianza" con papá o con quien sea. Pide trabajo como guionista de culebrones y déjame en paz.
Tomo mis propias decisiones, mamá. Y seguramente muchas sean erróneas, pero al menos deja que me equivoque y no me infravalores antes de que intente dar un paso.
Deja de contestarme "pues no lo pareces" cada vez que te diga que ya soy adulta, porque sueles decirlo cuando lo parezco mucho más que tú, que me llevas treinta y cuatro años.
Deja de decir que me aceptas completamente como soy, porque no tienes ni la más remota idea de lo que me gusta ni de cómo pienso.
Déjame contarte, si tanto te interesa, quién soy ahora y por qué lo soy después de todo.
Deja de jurar que me aceptas con mis gustos, porque no es así y lo sabes. Y preferiría que fueras honesta y me dijeras "me cuesta ver esta tendencia en ti" a que sueltes los comentarios que sueltas como quien no quiere la cosa bajo la máscara de tu infinita tolerancia.
Mis cojones.
Cada vez que me interrumpes y hablas sobre mis palabras, a menudo gritando, me haces perder un poco más las ganas de mantener cualquier relación contigo. He abierto el cajón de mierda muy pocas veces. Y cuando lo he hecho ha bastado un resquicio de éste para que la conversación se volviese en mi contra y me sintiese un ser inhumano.
"¿Cómo vas a pensar eso de tu madre, después de todo lo que ha hecho por ti?
Me has parido, sí. Me has amamantado y alimentado, sí. No te niego que me hayas dado cariño y tiempo.
Pero, cómo te lo habrás montado para que mis recuerdos nítidos más lejanos de ti sean enfadada o histérica. Cómo habrá sido que aún recuerdo ese tiempo que se me hacía eterno sentada en el banco del colegio esperando a que vinieras a buscarme. TRES MINUTOS. TRES PUÑETEROS MINUTOS ES LO QUE HAY DE CASA AL COLEGIO. Y el día que venías a por mí a tiempo, era algo especial y digno de celebración. Recuerdo al director preguntándome dónde estabas y me recuerdo mintiendo: "volviendo del trabajo".
Llega un punto en el que me pregunto si tengo que seguir aguantando esto. Si tengo que seguir perdonando porque eres mi madre. Me has exigido más como hija de lo que tú nunca has dado por la convivencia en casa (y mira que somos pocos). Y estoy harta. Y creo que ya no tengo por qué callármelo, pero aun así lo hago en un intento de ahorrarme tus gritos. Y más ahora, que estoy terminando el curso.
Básicamente esto es el "que te jodan" que no puedo decirte a la cara pero que, seguramente, se vislumbre en mis ojos cada vez que intento hablar contigo como la persona civilizada que no me has enseñado a ser.
Buenas noches.
Tomo mis propias decisiones, mamá. Y seguramente muchas sean erróneas, pero al menos deja que me equivoque y no me infravalores antes de que intente dar un paso.
Deja de contestarme "pues no lo pareces" cada vez que te diga que ya soy adulta, porque sueles decirlo cuando lo parezco mucho más que tú, que me llevas treinta y cuatro años.
Deja de decir que me aceptas completamente como soy, porque no tienes ni la más remota idea de lo que me gusta ni de cómo pienso.
Déjame contarte, si tanto te interesa, quién soy ahora y por qué lo soy después de todo.
Deja de jurar que me aceptas con mis gustos, porque no es así y lo sabes. Y preferiría que fueras honesta y me dijeras "me cuesta ver esta tendencia en ti" a que sueltes los comentarios que sueltas como quien no quiere la cosa bajo la máscara de tu infinita tolerancia.
Mis cojones.
Cada vez que me interrumpes y hablas sobre mis palabras, a menudo gritando, me haces perder un poco más las ganas de mantener cualquier relación contigo. He abierto el cajón de mierda muy pocas veces. Y cuando lo he hecho ha bastado un resquicio de éste para que la conversación se volviese en mi contra y me sintiese un ser inhumano.
"¿Cómo vas a pensar eso de tu madre, después de todo lo que ha hecho por ti?
Me has parido, sí. Me has amamantado y alimentado, sí. No te niego que me hayas dado cariño y tiempo.
Pero, cómo te lo habrás montado para que mis recuerdos nítidos más lejanos de ti sean enfadada o histérica. Cómo habrá sido que aún recuerdo ese tiempo que se me hacía eterno sentada en el banco del colegio esperando a que vinieras a buscarme. TRES MINUTOS. TRES PUÑETEROS MINUTOS ES LO QUE HAY DE CASA AL COLEGIO. Y el día que venías a por mí a tiempo, era algo especial y digno de celebración. Recuerdo al director preguntándome dónde estabas y me recuerdo mintiendo: "volviendo del trabajo".
Llega un punto en el que me pregunto si tengo que seguir aguantando esto. Si tengo que seguir perdonando porque eres mi madre. Me has exigido más como hija de lo que tú nunca has dado por la convivencia en casa (y mira que somos pocos). Y estoy harta. Y creo que ya no tengo por qué callármelo, pero aun así lo hago en un intento de ahorrarme tus gritos. Y más ahora, que estoy terminando el curso.
Básicamente esto es el "que te jodan" que no puedo decirte a la cara pero que, seguramente, se vislumbre en mis ojos cada vez que intento hablar contigo como la persona civilizada que no me has enseñado a ser.
Buenas noches.
lunes, 28 de abril de 2014
Se lo dedico al que marcó el "menuda bazofia".
Sumergirse en una espiral sin salida es, en el fondo, inevitable.
La cuestión es tener suerte y caer en la que te gusta. La espiral que deseas que te vuelva loca.
Y llegados a este punto yo no sé si quiero esta espiral, o siquiera si he entrado en alguna. Hasta ese punto llega a nublarme la vista la rutina.
Dios, cómo la odio. Cómo bebe de mí hasta secarme.
Y cómo detesto el cambio, también.
¿Ves? A eso me refiero.
¿Cómo no me va a dar envidia leer lo que otros escriben sobre el caos, aunque sea mentira, si el caos le tengo yo en la sesera? ¿Cómo no voy a arrugar el hocico cuando habláis, si a mí ya no me salen palabras lógicas cuando quiero decir qué me pasa?
¿Cómo no voy a dormir (con suerte) dos horas diarias, si no tengo nada que descansar?
Y luego viene el inocente comentario de mi querida madre: "Si ya sé yo que a ti te gustan más las humanidades". A buenas horas, mangas verdes.
A la mierda, ¿qué estoy haciendo?
La cuestión es tener suerte y caer en la que te gusta. La espiral que deseas que te vuelva loca.
Y llegados a este punto yo no sé si quiero esta espiral, o siquiera si he entrado en alguna. Hasta ese punto llega a nublarme la vista la rutina.
Dios, cómo la odio. Cómo bebe de mí hasta secarme.
Y cómo detesto el cambio, también.
¿Ves? A eso me refiero.
¿Cómo no me va a dar envidia leer lo que otros escriben sobre el caos, aunque sea mentira, si el caos le tengo yo en la sesera? ¿Cómo no voy a arrugar el hocico cuando habláis, si a mí ya no me salen palabras lógicas cuando quiero decir qué me pasa?
¿Cómo no voy a dormir (con suerte) dos horas diarias, si no tengo nada que descansar?
Y luego viene el inocente comentario de mi querida madre: "Si ya sé yo que a ti te gustan más las humanidades". A buenas horas, mangas verdes.
A la mierda, ¿qué estoy haciendo?
Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).
-Ángel González, Palabra sobre palabra.
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).
-Ángel González, Palabra sobre palabra.
jueves, 24 de abril de 2014
Test de incredulidad: descubre qué persona has sido en los últimos años.
De algún modo aún me sorprende responder a preguntas diseñadas precisamente para encasillar mi forma de ser en líneas generales, y observar que el resultado se aproxima a la realidad.
¿Acaso creo que contestaré mal a mis propias cuestiones? ¿O es que desconfío de que una máquina escuche mis respuestas?
Leo los resultados de los tests de personalidad como si fueran un horóscopo. Soy escéptica, lo admito. El problema es que serlo en el segundo ejemplo es normal, pero serlo en el primero, no.
Esto me hace plantearme que quizá mis relaciones sociales hasta ahora hayan sido una mierda: o yo estoy tan acostumbrada a mentir sobre mí que ya no creo que lo haga, o lo habitual es que mi interlocutor reciba mis palabras como quien escucha el hilo musical de un ascensor de hotel.
Deprimente, sea cual sea la verdad. O tal vez sean las dos.
En cuyo caso es aún más deprimente.
Feliz jueves.
¿Acaso creo que contestaré mal a mis propias cuestiones? ¿O es que desconfío de que una máquina escuche mis respuestas?
Leo los resultados de los tests de personalidad como si fueran un horóscopo. Soy escéptica, lo admito. El problema es que serlo en el segundo ejemplo es normal, pero serlo en el primero, no.
Esto me hace plantearme que quizá mis relaciones sociales hasta ahora hayan sido una mierda: o yo estoy tan acostumbrada a mentir sobre mí que ya no creo que lo haga, o lo habitual es que mi interlocutor reciba mis palabras como quien escucha el hilo musical de un ascensor de hotel.
Deprimente, sea cual sea la verdad. O tal vez sean las dos.
En cuyo caso es aún más deprimente.
Feliz jueves.
jueves, 17 de abril de 2014
Os juro que me sale sola.
Ella dice que no tiene manías, pero guarda cada día en billetes de tren.
Viana-Valladolid, Café-Cigarro, Beso-Andén.
Dice que nunca se peina, pero cómo se coloca los rizos sin darse cuenta.
Que no se arregla, aunque huela a ella y a Febrero de hace dos años.
Me miente sin enterarse cuando me dice que estoy muy guapa
sin querer verse por un momento como la miro cuando me habla.
Me rima sin querer. Aunque sea en asonante y sin métrica definida, así es ella.
Viana-Valladolid, Café-Cigarro, Beso-Andén.
Dice que nunca se peina, pero cómo se coloca los rizos sin darse cuenta.
Que no se arregla, aunque huela a ella y a Febrero de hace dos años.
Me miente sin enterarse cuando me dice que estoy muy guapa
sin querer verse por un momento como la miro cuando me habla.
Me rima sin querer. Aunque sea en asonante y sin métrica definida, así es ella.
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