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domingo, 10 de noviembre de 2013

Otro cliché.

Él terminó de hablar y la música siguió sonando.
Ninguno se miraba, la visión de sus respectivas infusiones parecía más interesante.

Ella bajó la cara intentando esconderse tras su pelo, como si fuera un escudo impenetrable, hasta que los últimos milímetros de té negro que quedaban por beber reflejaron su mirada. Pero daba igual, porque él tampoco se hubiera atrevido a levantar los ojos de su café.

El ritmo repetitivo de la canción se volvió un participante más de su...¿conversación?
Y nadie se atrevía a interrumpirle.

No hacía tanto tiempo, se conocieron precisamente en esa cafetería. Ella desde su mesa y él en la barra, se veían cada día. Y ahora que ambos se sentaban a menos de un metro, parecían un extraño para el otro.

-No puedo decírselo- pensaban ambos.

-Pero debo- siguió él.

-Ni quiero- añadió ella.



Una canción diferente comenzó a sonar rompiéndoles los esquemas. Pareció entonces que volvían a la realidad, a esa cafetería. El aire helado de enero se colaba entre las patas de las mesas cada vez que alguien abría la puerta.

Él comenzó a remover su medio café, ya frío. El azúcar precipitado arañaba el fondo de la taza. El tintineo de la cucharilla pareció sacarle a ella de sus pensamientos -y tal vez de sus casillas-.

Una mirada rápida, con una cantidad equilibrada de odio, miedo a ese odio y nostalgia.

Ella le dijo -Te quiero-.
Y él contestó como un resorte -y yo a ti-.


Y la música siguió sonando.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Reto literario I:

Seguro que soy el único vampiro estreñido de la historia.
Qué asco. Esto no entraba en el trato. "Vampiro. Fuerza sobrehumana, sed de sangre, inmortalidad, sensualidad alta." ¿y en letra pequeña "puede causar irregularidades en el tránsito intestinal"?
No, joder. No.

Tengo el portátil en las rodillas, con los pantalones por los tobillos y sentado en un frío water. Abro la ventana del periódico mientras espero a que el maldito supositorio haga efecto. ¿Dónde se ha visto que una criatura sobrenatural tenga estos problemas?

"ENCUENTRAN ANIMAL INMUNE AL CÁNCER.", reza el titular.
Oh, vaya.
Si al señor Dulco-Laxo no le da por actuar pronto, puede que me de tiempo a leer la noticia entera.
Al parecer son unos bichos llamados ratopines. Unas puñeteras ratas calvas y ciegas. Seguro que ellas no son estreñidas.

Maldita sea. Lo que daría por ser un ratopín.

viernes, 23 de agosto de 2013

"No fumes, mamá"

¿Cuantas veces habré dicho yo esa frase hace años?

Una nube gris asoma entre mis labios mientras lo pienso.
Qué mal me sabe el tabaco, pero cuánto me gusta.
Como casi todo, realmente.

¿Qué narices hago filosofando mientras me jodo los pulmones?
Es lo que tiene pensar por la noche. Ninguna idea que se te ocurra más tarde de la una de la mañana debería constar en acta, pero aquí estamos.

Mirando a esos libros, los mismos de siempre, que son algo así como el único horizonte que se ve desde mi cama.
Los de todos los días.
Y este puto atrapasueños que no sirve para nada, salvo para coger polvo y quedar muy bien en las fotos.

A veces me acuerdo de cuando no venías a buscarme al colegio.
¿Qué sería? ¿Media hora, tal vez?
A mí se me hacía eterno.
Me quedaba sola en ese banco todos los días. Y luego venías enfadada.

Aún así te quería más que a nadie y eras mi ideal de mujer.
Y te sigo queriendo.
Pero lo otro, no.

Qué nietzscheano.
(No me miréis así. Esa palabra existe. La he buscado).
Eterno retorno, madre.
Eterno retorno.

Tu hija nunca será un "Übermensch".
Pues siempre tendrá miedo de convertirse en ti.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Laukr

Puede que el mar fuera tanto su hogar como lo era la tierra firme, pero hoy tenía miedo.

Las olas chocaban contra el casco del barco sin descanso. La espuma sonaba al estrellarse contra la madera con una cadencia hipnotizante. Alguien que no estuviese acostumbrado a navegar podría volverse loco en medio de ese ritmo repetitivo.

El resto de hombres remaban impasibles, como si aquella fuera su única tarea en esta vida, aunque también tenían miedo. Las espesas y rojizas barbas escondían las emociones.

Pero él aún no tenía barba. Era apenas un muchacho.

Apoyado contra el mascarón de proa, miraba atentamente cada onda que describía el agua alrededor del navío. La cabeza de dragón tallada atemorizaba al resto del mundo, pero no a él ni a su pueblo. Mientras acariciaba inconscientemente la húmeda madera, vio caer el primer rayo en la lejanía. A los pocos segundos, el sonido del martillo de Thor estalló en los oídos de todos. Parecía que el cielo se había partido en dos en un crujido inmenso. La madera vibró levemente bajo sus manos.

"Thor nos protege", pensó. "Nos dice que queda poco".

Pero seguía teniendo miedo.

Desde que el barco se alejó de la costa, el muchacho no había parado de oír susurros, voces, viejas canciones. Pero sabía que nadie más las estaba oyendo. Sólo él sacaba a veces medio cuerpo por el borde de la embarcación y veía sombras en el agua. Su propio padre había tenido que agarrarle de las ropas porque se estaba acercando demasiado a la espuma. Había navegado desde que tenía recuerdos, pero hoy la preocupación le ponía los pelos de punta. ¿Qué le estaba pasando?

Con cada nuevo rayo, el muchacho se agarraba más fuerte al mascarón. Tanto, que podía sentir sus propios latidos y la vibración de la madera contra su pecho. Emocionado y aterrorizado, sólo una canción le venía a la mente:


Laukr er vann                                     Laukr es el agua,
tårar frå åuge                             las lágrimas de los ojos,
foss frå fjella                       las cascadas de la montaña,
draup frå isen                                          gotas del hielo.

Bølgjene voggar meg,                      Las olas me balancean,
djupt eg fell i svevna.               y me duermo profundamente.
Bølgjene voggar meg,                      Las olas me balancean,
djupt eg fell i svevna.               y me duermo profundamente.


Laukr er vann                                     Laukr es el agua,
vågar på vatn.                                      las olas del mar,
draup frå isen                                          gotas del hielo,
tårar frå åuge                                  lágrimas de los ojos.


Bølgjene voggar meg,                      Las olas me balancean,
djupt eg fell i svevna.               y me duermo profundamente.
Bølgjene voggar meg,                      Las olas me balancean,
djupt eg fell i svevna.               y me duermo profundamente.

"¿Se tocarán el cielo y el agua en algún punto?" Pensó.
"Tal vez estemos yendo tan lejos que encontremos ese lugar".


martes, 9 de octubre de 2012

-

ADVERTENCIA: Si eres muy sensible ante la violencia tal vez no deberías leer esto. No es que haya sangre ni vísceras, pero es una descripción del dolor y la crueldad bastante detallada y que te puede resultar desagradable.
NOTA: Si eres Nuria, no sigas leyendo. Busca en Google "cute kittens" y disfruta (Pero yo te quiero :3)
                                    _________________________________________


Llevaba días encadenada a esa mugrienta pared, húmeda y llena de moho. El por qué llegué allí es irrelevante.
Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra. Los ganchos para los grilletes estaban lo suficientemente altos como para obligarme a estar más o menos de pie, aunque después de varios días todo lo que pude hacer fue dejar caer mi peso esperando que mis hombros me sujetaran un minuto más.
Estaba débil, mis captores apenas me daban de comer o beber. Mis músculos ya no tenían fuerza para sujetarme, en ese sentido las cadenas eran incluso una ventaja.

Mientras contaba las gotas que caían del techo lleno de humedades para no volverme loca (y no las veía, sólo contaba la cadencia con la que se estrellaban contra el suelo), la puerta del zulo se abrió de repente y una luz demasiado potente para lo que entonces eran mis ojos llegó desde el otro lado.

Uno de esos horribles hombres con bata se dirigía hacia mí. Normalmente me ponían inyecciones de agua con azúcar y sales minerales, pero este no parecía llevar nada de eso.
Con una pequeña llave abrió los grilletes. Cuando el metal oxidado se despegó de mi piel, caí desplomada al suelo sobre mis rodillas. Creo que casi pude oír como crujían.

Estaba tan agotada que ni siquiera tenía fuerzas para sorprenderme. No sabía que querrían ahora de mí esos cabrones, pero casi prefería no hacerlo.

En el zulo entraron una mujer y dos hombres más. Los dos hombres llevaban una mesa metálica con ruedas llena de cables y aparatos con muchas luces. Los ojos me dolían con cada destello verde o rojo que salía de los monitores. La mujer sólo llevaba una carpeta y un bolígrafo prendido en el bolsillo de la bata.
Bueno, eso y la expresión más sádica que he visto nunca.

Sin mediar una palabra, comenzaron a ponerme una especie de electrodos por todo el cuerpo, todos conectados a las máquinas de la mesa. Me colocaron también un casco que solo me cubría la parte superior de la cabeza. Pesaba mucho y apretaba en los laterales. También estaba conectado.

Cuando me soltaron apenas podía mantener erguida la cabeza sobre los hombros.

-...¿Qué es esto?- Pregunté con un hilo de voz ronca.
-Un experimento. Eres un conejillo de indias, no te emociones. No eres una elegida ni nada por el estilo, no te lo tomes como algo personal. -Dijo el hombre que me había soltado las cadenas.

La mujer comenzó a hablar nada más terminar la intervención del primero.
-Todos los cables que te hemos puesto y el casco están conectados a estas máquinas. Con esto vamos a producirte dolor de forma gradual en una escala del uno al diez para comprobar en qué punto el cuerpo se colapsa y deja de funcionar. Vas a morirte de dolor, hablando en plata. Y yo voy a tomar nota de todas tus reacciones.

Podría decirse que saboreó cada palabra mientras la decía.
A esas alturas, oír mi sentencia de muerte me era totalmente indiferente. No la deseaba, pero no tenía fuerzas para quitarme todo eso y salir corriendo aunque ya no estuviera encadenada. ¿De qué servía lamentarse?

Me colocaron en el centro de la estancia y encendieron sobre mí un foco blanco. Aun con los ojos cerrados era molesto. Me obligaron a mantenerme de pie aunque las piernas me estuvieran temblando.

Se alejaron unos metros de mí y la mujer tomó de la mesa un pequeño mando.

-Nivel número uno.

Al principio no noté nada, pero de forma muy gradual, una especie de martilleo empezó a recorrerme todo el cuerpo. Eso iba a aguantarlo bien.
Tras unos treinta segundos, la mujer anunció el paso al siguiente nivel.
Las articulaciones más "importantes" como los tobillos, las rodillas o la espalda empezaron a resentirse. Sentía como si me estuvieran apretando los huesos entre dos bloques de cemento.
Pero seguía siendo soportable, o al menos eso intenté que pensaran los de las batas.

Cuando pasé al siguiente nivel cada una de mis articulaciones, incluidas las más pequeñas, como los nudillos, dolían bastante. La presión que sentía en el nivel anterior en las articulaciones mayores comenzó a hacerse insoportable. Las piernas me temblaban mucho, no iban a soportar mucho más mi peso.

-Nivel número cuatro.
El casco comenzó a emitir un zumbido muy desagradable. Los bordes metálicos empezaron a apretarse poco a poco contra mi cabeza, hasta el punto que empecé a sentir mis pulsaciones en las sienes.
Por orgullo más que por otra cosa, hice acopio de todas mis fuerzas para mantener las rodillas en un ángulo en el que me sujetaran más o menos dignamente. Pero aquello no duró mucho.

En el paso al quinto nivel, los electrodos empezaron a emitir descargas eléctricas en los músculos, lo cual  hacía que se movieran de forma involuntaria, además del dolor que producía el calambre. Los cuádriceps fueron unos de los primeros en sufrir el espasmo y caí al suelo quedando casi a gatas. Los brazos aún no habían recibido muchas descargas, pero ya temblaban exageradamente.

En el sexto nivel las descargas aumentaron notablemente la potencia. Por primera vez en todo el proceso se me escapó un grito de dolor, que por lo poco que pude ver provocó un par de sonrisas entre el público masculino.
Cabrones...no iba a darles el gusto de morir así, delante de ellos, retorciéndome. Apreté la mandíbula y levanté la cabeza todo lo que pude.

Las descargas en la espalda me producían espasmos descontrolados en todo el resto del cuerpo. Los electrodos que me habían pegado sobre las costillas empezaron a actuar sobre los músculos intercostales. La caja torácica empezó a moverse a merced del mando de la mujer, yo no controlaba mi propia respiración.

El paso al séptimo nivel fue espantoso.
El casco apretó un poco más, haciendo difícil incluso que mantuviera los ojos abiertos. En las extremidades sentía un dolor insoportable, inhumano. Las manos me dolían tanto que parecía que me las hubiera pillado bajo un bloque de hormigón.
Una de las sacudidas de los electrodos de las costillas fue tan dolorosa que intenté gritar, pero la siguiente sacudida ahogó el sonido. Eran tan rápidas que iba a terminar hiperventilando.

En el octavo nivel dejé de sentir los huesos de las extremidades inferiores. Mi esqueleto dejó de sujetarme por completo y caí al suelo de lado, entre convulsiones.
El último espasmo de los músculos intercostales hizo que se me partiera una costilla. Noté la fractura. En el lado derecho, la cuarta empezando por abajo. Las sacudidas en esa zona cesaron. El aire no me llegaba a los pulmones con normalidad, estaban contraídos en el interior de mi cuerpo.

En el noveno nivel pude gritar con todas mis fuerzas; un espasmo en el abdomen hizo que se moviera el diafragma y los pulmones pudieran hincharse.
Mi cuerpo se retorcía y yo no podía controlarlo. En ese momento solo podía pensar que cuando muriera todo eso terminaría, todo el dolor pasaría.
Aún no alcanzo a comprender cómo, pero por unos instantes vi la cara de horror de los que me torturaban.

Oh, no malpenséis. No se sentían culpables de estar haciendo eso a un ser humano.
No.
Sus caras de horror eran por ver cómo una mísera mujer, un desecho humano, la escoria de la sociedad, había conseguido aguantar tanto.
La sorpresa en la cara de la mujer se convirtió en odio rápidamente.

-¡MUÉRETE DE UNA VEZ, PUTA! ¡NO PUEDE SER QUE AGUANTES TANTO!
Perdió el control y se acercó a mí hasta estar a un paso de mi cabeza. Se agachó y empujó el casco haciéndome dirigir la mirada hacia el mando que controlaba las máquinas.

La idea de la muerte se esfumó de mi cabeza por un momento. La rabia y el odio en la cara de la mujer me dieron fuerza. No física. Fuerza interior.
Iba a quedarme ahí, viva, sólo para joderle el plan a esa energúmena. Iba a ver su cara cuando aguantase el último nivel.

-¡NIVEL DIEZ!
Me soltó la cabeza y pulsó el botón.

...
Un grito desgarrado salió de mis entrañas como si se hubiera abierto paso con un puñal. El casco apretaba más y más de forma progresiva, sin pausa. Mis extremidades convulsionaban y yo luchaba por hacerme un ovillo y contener todo aquel dolor, como si pudiera concentrarlo en un punto ajeno a mí.
Pero era muy difícil.
Se me partió la clavícula izquierda en uno de los espasmos. Se me dislocó un hombro. La costilla rota hacía que cada intento de inspirar fuera tremendamente doloroso.
Me iba...me iba...
No iba a poder...
No...
Podía...

El casco se aflojó de repente. Los electrodos terminaron con la tortura.
Mi cuerpo, como si fuera de trapo, estaba tendido en el suelo. No podía mover ni siquiera los párpados.
Tumbada boca arriba como si hubiera caído del techo, todo parecía ir a cámara super-lenta ahora.

Oí como en la lejanía las voces de los tíos con bata.
-Está muerta- Dijo uno. Oí cuchicheos. No se acercaba nadie a mí.

-No...-Contesté.
Silencio sepulcral.
-No.-Repetí más alto.
Me quité el casco a duras penas aún extendida en el mugriento suelo y giré la cabeza hacia donde estaban ellos.

-No...estoy...MUERTA.
Ya no había dolor...
Es curioso. Llega un punto en el que cuando ya no sientes nada más que dolor, el concepto pierde sentido y deja de existir. El dolor es dolor porque existe el contraste con el bienestar. Pero, ¿qué pasa si todo tu cuerpo duele hasta el extremo?
Que no existe.

Entre respiraciones torpes y lentas pude ver sus caras de horror. Puede que ahora tuvieran miedo.

Lentamente, me incorporé hasta quedar a gatas. Seguían sin hacer un solo ruido.
Mirándoles fijamente, sonreí.
Una carcajada empezó a brotar de mi interior. No podía controlarla, pero era divertido ver a esos hijos de puta haciéndose pis encima.
Me arranqué uno a uno y con parsimonia todos los electrodos y conseguí ponerme de pie. Me sentía más fuerte que cuando empezó el experimento.
Y ellos ahora eran como estatuas. No sé siquiera si respiraban.

Oportunamente, el foco del techo empezó a parpadear hasta fundirse.
La sala quedó a oscuras y con la puerta cerrada.

-Nivel once, hijos de puta.



viernes, 17 de agosto de 2012

Cliché.

Él entró en la cafetería a las seis y treinta y tres de la tarde, como todas las tardes de lunes a viernes del año, excepto festivos. Era su pausa del trabajo, a las siete tenía que entrar otra vez en la oficina.
Era una cafetería con muebles modernos, en la que abundaba el color negro con algunos toques de gris y blanco, todo muy minimalista. El hilo musical era sobre todo jazz. No solía haber mucha gente por allí. Por eso le gustaba tanto ir. Era un remanso de calma en medio de una tarde ajetreada.

Como cada tarde, pidió un café solo.

Y ella, como cada tarde, estaba sentada en la mesa de la esquina, la que estaba junto a la ventana, con un halo de misterio que la envolvía y que a él le encantaba.

No se conocían. Ella ni siquiera le había visto en todo este tiempo, pensaba él, porque nunca había levantado la vista de sus libros. Pero él se sabía sus gestos de memoria. Sabía cómo se pasaba por detrás de la oreja un mechón de pelo que se escapaba del improvisado recogido de vez en cuando. Conocía a la perfección cada vez que ella arqueaba las cejas, fruncía el ceño o sonreía levemente por las emociones que llegaban de las páginas de su libro. Podría decirte, sin mirar ni dudar un segundo, que con la mano derecha se llevaba su taza de té negro a la boca de vez en cuando, mientras apoyaba la cabeza en la izquierda. Las páginas también las pasaba con la derecha. Ya había memorizado el color de su abrigo en invierno, y de sus sandalias en verano.

Nunca la saludó al entrar en la cafetería o se despidió de ella al salir. Nunca cumplió con el tópico y le dijo al camarero  "Invite a la mujer de la esquina a otro té negro de mi parte". Nunca se acercó a la mesa a hablar con ella. No. Y nunca lo haría, porque estaba convencido de que, al igual que pasa en los libros y las películas, el día que se decidiera a hacerlo ella no pasaría por allí. Y nunca volvería a saber de ella.

Y esa era una idea que él no podía soportar.
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Ella, como cada tarde de lunes a viernes del año, entró en la cafetería a eso de las seis de la tarde.
Esa cafetería era el único sitio en el que podía leer tranquila. Su casa estaba al lado de la estación de trenes y no podía concentrarse para leer.
Pidió un té negro, como cada tarde. Se sentó en la mesa de la esquina, sacó un libro de su bolso de tela y se puso a leer. La suavidad del Jazz le hacía sentir como en una burbuja en la que nada le afectaba.

Bueno, nada...excepto él.
Todas las tardes, a las seis horas y treinta y tres minutos entraba en la cafetería. Ella le veía cruzar la calle por el rabillo del ojo a través de la ventana. Le miraba disimuladamente entrar por la puerta y pedir su café, y después le observaba cuando salía de la cafetería, a las siete menos cinco.

Hubiera podido dibujar de memoria su americana y sus zapatos. Los pantalones y la camisa iban variando. Ella había imaginado toda una posible vida para ese hombre. Por la ropa y los horarios fijos, seguro que tenía trabajo en una oficina o algo parecido. "Seguro que tiene novia...o mujer", pensaba ella. A veces tenía  algún rasguño en los pantalones o la marca de un mordisco en las manos, por lo que también tendría perro.
Siempre le hizo gracia la forma en la que movía la punta del pie derecho al andar. Se desviaba un poco hacia afuera en el aire y luego volvía a tomar la recta cuando el pie se acercaba al suelo.

Aunque se moría de ganas, nunca habló con él. Nunca le preguntó al camarero si sabía quién era. No.
Y no lo haría, porque sabía que igual que en los libros que ella tanto leía, el día que se decidiera a hacerlo, él no aparecería por la puerta. Y nunca volvería a verle cruzar la calle por la ventana.

Y esa era una idea que ella no podía soportar.

viernes, 3 de agosto de 2012

Odio los lunes.

...Arg...
¿Q-qué narices?
...Mierda, Darco, me has lamido toda la cara. Fuera de aquí, ni siquiera ha sonado todavía el desperta-

Pi-pi, pi-pi, pi-pi, pi-pi...

Oh, perfecto...qué despertar más ameno.
Alargo la mano hacia el despertador, el pitido cesa y comienza a sonar la radio. A esta hora exacta empiezan las noticias.

Son las seis, una hora menos en Canarias.
Buenos días desde Radio 7. Comienza el boletín informativo.

El presidente del gobierno declaró ayer que habrá recort-

Apago la radio. Paso de malas noticias (las de siempre) un lunes por la mañana.
Me voy a la ducha, empiezo a despertarme del todo. Mientras me enjabono miro la gotera que hay en el techo. Cualquier día se me cae la casa encima. Y todavía me pedirá el casero que le pague más por el alquiler...¡será sinvergüenza!

Me visto, me seco el pelo de mala manera, aún me quedan tres cuartos de hora para ir a trabajar. Voy a la cocina y allí espera Darco a que le eche la comida en el cuenco. Le quiero mucho, pero a veces me pregunto en qué momento se me ocurrió adoptar un perro con la que está cayendo. En fin, me sigue llamando la atención la lealtad irracional que tiene este bicho hacia mí aun con el mal humor que gasto.
Nos pongo el desayuno a los dos y enciendo la tele. Después de pasar por todas las noticias, me quedo en Pocoyó. A Darco le gusta.

Un café bien cargado un lunes por la mañana debería ser maravilla del mundo moderno.
Me como mis galletas de fibra de marca blanca, que no saben a nada, es como morder un círculo de cartón. Pero son más baratas. Y se supone que más sanas. No creo que digerir cartón sea sano, pero...

No me gustan los lunes. No por levantarme a las 6 para ir a trabajar, al menos tengo trabajo. Me doy con un canto en los dientes. Pero no me gustan los lunes. En general, como día. No me gustan. Son días grises, espesos, como un humo que te envuelve y te recuerda que no eres más que una marioneta, que no vas a ser libre. Al menos así me hacen sentir a mí.

El humo del cigarro que me estoy fumando es mucho más ligero. Mierda, debería dejarlo. Es caro, sólo fumo por ansiedad. Pero joder, es tan rico...si mi madre me viera le daría un infarto. Sí, mañana mismo lo dejo. Bueno no, que es martes. Mejor espero al lunes que viene para dejarlo.

Sólo enciendo la radio de nuevo a las siete menos diez para oír el tiempo. Hacen un repaso por todas las provincias, y cuando llegan a la mía Darco tira del cable y la radio cae al suelo. Deja de sonar.

-¡Me cago en diez!- Grito. El pobre me mira con ojos de corderito degollado. Maldita sea, qué bien lo hace. Sí, sí, tu haz como que nunca has roto un plato.
Hmm...si es que es un cachorrín...en el fondo no sé que sería de mí si él no estuviera aquí.
Le acaricio la cabeza con suavidad y en seguida sigue moviendo la cola como un idiota por el pasillo. Qué envidia. La radio no se ha roto, pero se le han salido las pilas con la caída. Es tan vieja y tan "tocho" que si se cae al suelo, se rompe antes el suelo que ella.

Bueno, pues habrá que ir a la  aventura. Tampoco es que el tiempo meteorológico esté muy emocionante por estas fechas. Frío, frío, más frío y por si querías más, más frío. Viva el clima de interior.
Cojo el abrigo, meto en el bolsillo el móvil, las llaves y la cartera y me despido de Darco.
-Intenta no romper demasiadas cosas.
Como respuesta solo obtengo una mirada y la boca abierta dejando salir la lengua. El primero que dijo "qué vida más perra" no tenía perro, claramente.

Al coche, si se le puede llamar así. Un Renault Clio...de 1994. Yo tenía ocho años cuando hicieron este cacharro. Cualquier día piso el freno y el asiento sale disparado hacia arriba como en los dibujos.

Definitivamente no, no me gustan los lunes. Deberían recortar los lunes. Flaco favor le hicieron a la luna poniéndole precisamente este día. ¿Odiaría los martes si fueran el primer día de la semana? No. No lo creo.
Mientras conduzco siento que no tengo otra opción. Que ni queriendo puedo parar el coche, abrir la puerta y huir hacia ninguna parte. No tengo el beneplácito de la sociedad para hacerlo. Esto es como un hormiguero.

Y odio las hormigas.

martes, 26 de junio de 2012

Y su espada nunca conoció a quien hoy pueda contarlo.

Contaba la leyenda de esos pueblos que el más feroz de los guerreros fue mujer. Contaba que quien la pudo ver no la olvidó, y que quien la retó en el campo de Marte nunca volvió para contarlo.

Decían los hombres más bravos que si alguna vez temieron a algo, fue a ella. Escribieron los más sabios que ninguna de sus hazañas podía ser contada con las palabras merecidas.
Decían las mujeres que aun bajo su armadura seguía brillando su belleza. Los niños contaban historias de su espada sin atreverse a emularla en sus juegos siquiera.

Lo cierto es que dicha mujer fue tan mujer tanto armada como desnuda, y tan guerrera en la arena como en la vida. Cuantas heridas le hicieron, se cerraron con el tiempo. Cada cicatriz conoció el óxido de la armadura y el sudor. Cada guerrero que la humilló pudo verse reflejado en sus ojos antes de morir. Cada hombre que se rió de ella por ser mujer pudo ahogar su gesto en la sonrisa desafiante de ella.

Aquellos que intentaron hundirla fueron cubiertos por su sombra. Pero ella nunca dijo una palabra. Nunca miró atrás salvo para aprender de lo que hizo, y sólo miró hacia delante para marcarse el siguiente objetivo.
Ella no era especialmente fuerte en sus brazos o en sus piernas, sus ojos no eran azules, su pelo no era limpio y rubio como el oro. Sus piel, marcada por las heridas no era ni mucho menos blanca y lisa como la porcelana. Pero era deslumbrante su hermosura, era algo visible incluso para un ciego.

Y desde luego era fuerte de corazón pese a ser lo único de ella que nunca cubrió la armadura. Cada lágrima que otros hicieron que cayera por sus mejillas sirvió de antídoto para su sangre envenenada. Cada rechinar de dientes por la pena le supo al final dulce cuando llegaba la alegría.

Cuenta la leyenda que simplemente un día se fue y nadie supo más de ella.

sábado, 9 de junio de 2012

Bala en la recámara

Tumbado en el sofá. Tirado, más bien. La mirada fijada en algún punto del techo, pero perdida. La boca abierta en una mueca extraña, inhumana.
Así estaba él. Cualquiera hubiera pensado que no respiraba, pero lo hacía. Seguía vivo, más o menos.
Las marcas en las mejillas de las lágrimas que llevaban cayendo minutos. Barba de un par de días, los ojos rojos.
En la mano izquierda, a punto de caer al suelo, una botella del alcohol más barato y fuerte que pudo encontrar en el 24 h. de debajo de su casa. Vacía.

10 minutos antes...

Entró en casa con el nudo en la garganta. Nudo de ahorcado hecho con penas trenzadas en una gruesa soga. Dio vueltas por el salón conteniendo la ira, tiró el periódico, tiró su abrigo, tiró el viejo móvil contra la esquina del  salón.
Fue al baño, se apoyó en el lavabo, tomo aire y se tranquilizó. Al levantar la mirada y verse reflejado vino una nueva oleada de rabia.
-"¿TE HAS VISTO? ¿HAS VISTO LO PATÉTICO QUE ERES?"
Lanzó el puño derecho y agrietó el espejo. Siete años de mala suerte, siete puntos de aproximación hubieran hecho falta en esa mano. La sangre brotó rápidamente, pero la adrenalina fluía más rápido. Sin dolor, se puso corriendo una venda alrededor de los dedos y abrió el armario de las bebidas.




5 minutos.

Después del ataque de histeria, del que ahora solo quedaba un espejo roto y unos nudillos sangrantes, se tumbó y empezó a delirar entre llantos y gritos. Ahogar las penas en bebida sería imposible, así que usó el alcohol para desinfectar las heridas más profundas, las internas.

¿La razón? Una paranoia, paradoja, paranormal, para no dormir. Un pensamiento que llevaba persiguiéndole todo el día, una idea, una idea que le hacía ver todo el odio que sus falsas sonrisas habían escondido. Crueldad encubierta. Crueldad en su máxima expresión. Solo el hecho de haberlo pensado le revolvía el estómago. ¿Y si algún día lo cumpliera? Se veía capaz.

Entraba en la oficina de ella, armado, enfadado, rabioso. Masacraba a todas aquellas personas que significaban algo importante para ella, que estaban oportunamente reunidas allí. Familiares, amigos, amores. Todos muertos delante de ella, que aterrorizada, gritaba escondida tras su mesa.
Como una maravillosa señal del destino, en su mano derecha el revólver solo tenía una bala. El destino pedía que fuera disparada.

Pero no decía a quién, ahora era el momento de decidir. ¿Dispararla a ella o dispararse a sí mismo? Instintiva y extrañamente, su subconsciente le decía que se matase. En un principio puedes pensar "qué considerado. La salvaría, no podría matarla".
Pero sus motivos no eran esos. Eran crueles.
Pensaba dispararse para que su muerte quedase como un peso sobre la conciencia de ella. Su muerte y la de sus seres queridos. Para que viviera sola, para que viviera sabiendo lo que es perder todo aquello que has querido.
Porque él sabía que el mayor miedo de ella era la muerte. Que por más que lo intentase, le sería imposible suicidarse.
Viviría siempre sintiéndose culpable de la muerte de todos. Incluso de la de él. Y ese era su único fin, permanecer en la conciencia de aquella mujer por toda la eternidad, a cualquier precio.



Si tuviera una bala en la recámara, la forma de hacer más daño a aquella mujer era matarse él. Y se veía capaz de llevarlo a cabo.


domingo, 27 de mayo de 2012

Cápsula del tiempo

Hola, seas quien seas.
Si estás leyendo esto es que hemos conseguido lo que nos propusimos. Hicimos una cápsula del tiempo, ¿sabes?
Antes de que mires el resto de cosas, termina de leer la carta. Es importante.

No sé que año será. Espero que sea tarde. Ahora mismo, desde donde te escribo, es un día de verano del 2012.


No sé que ponerte exactamente. Supongo que puedo presentarme.
Tengo 16 años. Me llamo Blanca. He terminado 4º de la ESO. La música de ahora no me gusta, así que oigo la de los 70, 80...y grupos raros que salen por ahí de vez en cuando. Por favor, no olvidéis la música de los 70 en tu época.


En este momento no hay muchas cosas buenas que pueda contarte. Los de arriba no hacen más que meter la pata, y lo pagan los de abajo. Mientras tanto, los de abajo nos peleamos por cosas tan absurdas como la apariencia, el equipo de fútbol, el partido político al que votamos o los gustos que tenemos.

En el 2012 somos muy poco originales a la hora de vestir. Cada año volvemos a una moda pasada. Los 60, los 70, los 80...nada nuevo.
Dicen que estamos en la era tecnológica. Ahora nos comunicamos más por redes sociales que en persona, pero supongo que cualquier cosa electrónica que pueda contarte estará obsoleta en tu tiempo. Lo mismo hay robots por las calles. Jajaja.

Uh, creo que debería explicarte lo que hemos metido en la caja antes de que se me acabe el folio.
Verás. Esa cosa redonda y planita de plástico brillante es un CD. Creo que en poco tiempo van a quedarse obsoletos. A lo mejor no tienes dónde leerlo, pero en esas cosas guardamos la música. Bueno, ahora nos va más guardarlo en el ordenador, pero siguen haciéndose CD's.

Te he metido un reloj analógico, supongo que sí sabes lo que es y cómo es. Simplemente te lo dejo parado en la hora en la que enterramos la caja. Como recuerdo.

Hemos metido una foto nuestra. Para que por lo menos puedas poner una cara a los que te escribimos. Yo soy la más bajita, la de la cara de tonta. Jajaja.

También he dejado un periódico. No sé si se seguirán escribiendo en tu época, cada vez quedan menos. Yo creo que ahora se siguen haciendo más por tradición que por otra cosa. Espero que quede algo del olor a papel de periódico tan característico cuando lo abras. De paso te enteras de las noticias de hoy.

Hemos dejado un poquito de dinero porque suponemos que habrá cambiado la moneda. Te hemos dejado un billete de 5 euros y una moneda de 1. Había muchos más, pero como comprenderás no vamos a dejarte 100 euros con la que está cayendo.

Y bueno, lo demás son chuminaditas varias, cosas a las que tenemos cierto cariño, pero sin ninguna utilidad especial.

Seas quien seas, confío en ti. Espero que si las cosas van bien ahora, tú y tu generación las mantengáis. Que si van mal, tengáis la fuerza para arreglarlo. Que no os rindáis nunca. Que siempre, siempre, siempre, hay algo por lo que seguir adelante, aunque duela. Que en el fondo, supongo que las personas seguimos siendo iguales aunque el entorno sea diferente, y que seas quien seas, te quiero.

Por algún motivo, tú has sido quien ha desenterrado esta caja. El "destino" o lo que sea en lo que creas nos ha conectado superando las barreras del tiempo. ¿No es maravilloso?

Mis mejores deseos, un fuerte abrazo desde el pasado.

sábado, 12 de mayo de 2012

Crónica de un asesinato.

El sedante perdió su efecto y te despertaste. Una lástima; estabas realmente preciosa dormida.
Tu cuerpo ya estaba preparado para la huida, tal vez por el pequeño detalle de que lo último que viviste despierta fue el golpe que te propiné en la cabeza para aturdirte y poder sedarte y llevarte al garaje.
Entre pequeños grititos, intentaste levantarte y salir corriendo.
Por desgracia para ti, te partí las piernas mientras dormías. Con el sedante agotado, empezaste a sentir el insoportable dolor cuando intentaste levantarte. Iba a avisarte, pero estabas tan decidida...

En mi vieja minicadena sonaba Marilyn Manson. Por si te lo preguntaste, la letra no era una coincidencia.

Me insultaste, gritaste y sollozaste durante minutos. Pero tranquila, te lo perdono.
Total, a las malas personas eso no nos afecta.

Durante años estuve preguntándome qué pasaría al inyectar en un cuerpo humano una pequeña dosis de ácido sulfúrico disuelto en agua. Era retorcido, pero ya que era la primera y última vez que iba a matar a alguien, decidí despejar la duda.

Recuerdo perfectamente la escena. Tú, indefensa, totalmente inutilizada, tirada boca arriba como una marioneta rota en mi garaje. Un único foco de luz apuntándote. Yo, escondido entre la penumbra de los bordes de la estancia. Junto a la pared del fondo, una encimera con todas las herramientas a utilizar y la minicadena. En la esquina junto a la puerta, las bolsas para esconder tu cadáver y la gasolina para quemar las pruebas. Era incluso dramático, tal vez romántico, y desde luego rozando lo erótico para mí.

Preparé la disolución y la jeringuilla, y me arodillé ante ti. Con mucho cuidado (cosa que, por cierto, no supiste apreciar) te inyecté el líquido y esperé paciente a la reacción.
Literalmente, y tal y como siempre soñé, tu cuerpo empezó a quemarse desde dentro.
Las venas que se te marcaban a través de la piel se veían a distancia. Las extremidades empezaron a necrosarse.
Me hubiera gustado que hubieras descrito tus sensaciones. Prefiero pensar que a cada latido de tu corazón, deseabas que fuera el último. Que la sangre te ardía en las venas. Que con cada bombeo de aurículas y ventrículos, al extenderse así el ácido por tu cuerpo, morías un poco más.
Me hubiera gustado que hubieras suplicado tu propia muerte para no seguir soportando esa tortura. Pero si algo aprendí al matarte fue que los humanos traspasamos nuestros límites en experiencias cercanas a la muerte. Nos volvemos máquinas de aguantar el dolor a toda costa, como si proteger una miserable vida fuera más importante que soportar el más insoportable de los dolores.

Mientras te retorcías y gritabas como si no hubiera un mañana (y en tu caso lo entiendo, porque no lo había), me dediqué a leerte todas aquellas cosas que algún día escribiste pensando en mí. Y después te relaté el día en el que dejaron de tener sentido. Y te describí con pelos y señales el dolor que sentí por ti, intentando por supuesto usar las palabras justas para que identificaras ese "ardor" fruto del ácido con la pena que me corrompió el corazón.

Bueno, entonces llegó el momento de matarte. Fui bueno. Pude haberte dejado morir en una lenta agonía por el efecto del ácido, pero no lo hice. Faltaba el "golpe de gracia".
Cogí un cuchillo de la encimera y de nuevo me arrodille frente a ti.
Lentamente, disfrutando del momento, hundí el filo en tu pecho, en el medio, en el corazón que conmigo nunca tuviste.
La sangre brotó como un río rojo y empapó tu ropa, mis manos, y el suelo. Hubiera sido una foto preciosa.
En tus últimas bocanadas de aire, me incliné hacia tu oreja y te susurré un "te quiero" al oído.
Me llevé tu último aliento y sellé tu boca con un beso. Tus ojos aún seguían abiertos, aún con sorpresa, aún con miedo. Y tal vez con culpa.

Nos veremos en el infierno.

jueves, 12 de abril de 2012

Dulces sueños

Hola bloggeros!
Antes de que leáis la entrada y/o toquéis nada, he de daros unas pequeñas instrucciones.
Esta entrada está pensada para ser leída mientras se escucha la música del vídeo de abajo. Hacer que todo cuadrase a una velocidad de lectura más o menos media es duro (de ahí mi tardanza, lo siento). Por tanto, para que mi esfuerzo no sea en vano y disfrutéis mejor de la entrada, recomiendo que leáis a una velocidad similar a la que usaríais para leer este texto en voz alta. Intentad entender bien todas las frases, solo así encaja bien con la música.
Por último, espero que os guste, y que comentéis (que sé que sabéis, a veces lo habéis hecho) con vuestra opinión.
AHORA SÍ, DALE AL PLAY Y LEE. :D


...Flotando...
Estoy flotando...
A la deriva en medio de la más absoluta y vacía NADA.
No hay aire, no hay color, no hay ruido. Y tampoco me hace falta.
Solo floto...

...
Me despierto.
Bueno, al menos mentalmente. No quiero abrir los ojos aún.
Es raro pensar cómo estaba funcionando tu cabeza antes de que fueras consciente, antes de despertar. Como si algo te hubiera tirado del tobillo para ponerte de nuevo los pies en la tierra después de un viaje por las nubes.
Mi cuerpo responde como en una reacción en cadena, como si me mandase pequeñas señales de que sigue ahí; estiro una pierna, me cruje la muñeca, se me ponen los pelos de punta, bostezo... Sí, parece que sigo viva. Hora de abrir los ojos.
Mi respiración es lenta, relajada. Estoy hecha un ovillo tumbada sobre mi lado derecho, tapada hasta las orejas con el edredón. Fuera de ese cascarón hace frío, pues mi aliento forma nubes de vaho apenas sale de los límites de la tela.
Aunque me muera de frío, salgo de la cama y, poniéndome a tientas las zapatillas, me dirijo hacia la puerta. Sin pensar, cojo el pomo, abro y...

Y...
No puede ser.
¿Sigo soñando?
Tras mi puerta no está mi casa. Hay...hay nieve, mucha nieve.
¿Qué? ¿Qué narices pasa? Sí, definitivamente es un sueño, pero tengo la sensación de que no es uno cualquiera. Lo recordaré siempre...en fin, le seguiré el juego a mi cerebro.
Justo delante de mi puerta hay unas huellas. Decido seguirlas, al fin y al cabo es un sueño, no puedo morirme, el cerebro me despertará en un acto reflejo.
Las huellas llevan a un bosque en mitad de un mar de nieve, como puesto en un cuadrado concreto del terreno. Todos los árboles son iguales, separados por la misma distancia unos de otros. Me adentro en el bosque siguiendo las huellas. Parece que encajan con las mías...
Y en mitad del rastro que sigo, como aparecida de repente...
Ahí está...estoy...estamos. Una chica exactamente igual que yo, mirándome fijamente. Casi me mata del susto. Está a unos 10 metros de mí, inmóvil. Le pregunto quién es, no contesta. Parece que ni siquiera respira. Cuando intento ir hacia ella, se da la vuelta y avanza en línea recta. No me hace caso, no responde. Solo anda y da mucho miedo.

Y yo la sigo, manteniendo siempre una distancia prudencial, pues si intento acercarme ella acelera su paso.
Después de un rato, tengo la sensación de haber caminado durante horas. Todos los árboles iguales, nada llama la atención. Todo es tan monótono que cansa. Y hace frío...
De pronto para en seco. Mi corazón también.
Se gira, me mira a los ojos. Está empezando a nevar sangre.
Los copos rojos lo cubren todo, absolutamente todo.
Casi no puedo ver. La nieve cae con fuerza. Me entra en los ojos y no consigo mantenerlos abiertos. Yo intento en vano cubrirme con las manos.
Cuando  intento entreabrir los ojos, veo que la chica se acerca a mí cada vez más.
Está justo delante de mí. Sus ojos son rojos.
Y todo se desvanece, lentamente.
Estoy muerta de miedo. Cerebro, corta ya, corta ya.


Mi cuerpo cae hacia atrás, esta vez no floto como antes.
El cosquilleo que solemos tener en la barriga cuando bajamos en ascensor se extiende ahora por todo mi cuerpo, pero elevado a la enésima potencia.
No es una sensación agradable. Parece que todo a mi alrededor desaparece, y todo está bañado de  malos presentimientos.
Todo es tan real...demasiado. Mi corazón se acelera, se me dilatan las pupilas, noto cada movimiento de mi cuerpo como amplificado. Pellizcarme no serviría para despertarme. El dolor aquí es tan real que asusta.
Sigo cayendo. A los lados pasan todos mis miedos personificados, todas mis inseguridades. No quiero seguir aquí, quiero que pare. Todo es demasiado real. Empiezo a dudar que sea un sueño.
Que pare, que pare...

Y para.
No se dónde estoy...
Un...hospital ¿tal vez? El pitido de mis constantes vitales en una máquina es todo lo que oigo de fondo.
Abro los ojos por tercera vez en el sueño. La luz blanca me ciega.
Y allí está ella de nuevo. Mirándome de pie junto a mi camilla. De nuevo, muda, de nuevo fría, como si no estuviera viva.
Me incorporo rápidamente, ella sale de mi habitación. La sigo, igual que antes, pero esta vez por un pasillo de hospital vacío. Solo hay luces blancas y puertas, y al final del todo, al fondo, una gran puerta gris.
Yo, con un pijama de hospital azul, ella, vestida de enfermera. El hospital, sumido en el más profundo de los silencios.
¿Qué hago aquí? ¿Qué intenta decirme mi cerebro? ¿Es esto acaso una señal de algo? ¿Una advertencia? No me gusta, quiero que pare, quiero despertar.
Y yo la sigo, cada vez más rápido, casi corriendo, casi llorando, por ese pasillo infinito.


Las luces comienzan a parpadear, mis miedos caminan unos metros por detrás de mí. Están todos, vienen a por mí, saben que los temo. Cada vez son más grandes, más rápidos. Y yo cada vez más pequeña. No me llega el aire a los pulmones, me ahogo, no puedo correr. Los noto ya tras mi espalda. Me han pillado, se acabó, voy a morir encerrada en un sueño...voy a morir.
Ella llega a la puerta gris y la abre. Todo queda bañado por una luz blanca inmaculada, demasiado intensa. No obstante esa luz me ha salvado. Se acabó...por fin terminó. Estoy a salvo...
¿Se acabó?

No, claro, ¿cómo iba a ser tan fácil?
Ahora estoy, o mejor dicho, estamos, en una azotea. La ciudad está vacía. No hay coches, ni gente, ni ruido.
Ella se queda parada en el borde de la barandilla de seguridad.
Me mira esperando que haga algo.
Y creo haber entendido qué quiere que haga.
Camino hacia el medio metro de metal que separa la azotea del abismo.
Me subo al borde. La miro. Ella se limita a asentir.
Miro abajo. Hay unos 10 pisos de altura. Voy a morir, pero supongo que es lo que debo hacer.
Respiro hondo, cierro los ojos. A eso quedo reducida, a una víctima de mi propio sueño. Una prisionera de mi propio mundo.
Estiro mi pie derecho hacia el aire, y dejo caer mi cuerpo lentamente, asumiendo mi final.
Me limito a esperar la caída, el dolor. La muerte.

Pero no llega, me despierto. 
Abro los ojos y doy un respingo. Mi cerebro ha terminado su historia.

Aunque al levantarme, encontré un poco de nieve bajo la puerta de mi habitación.


Dulces sueños. Sed felices.


martes, 13 de marzo de 2012

Rehab

-Hola, me llamo "Yo" y soy adicta.
+Hola, "Tú". Cuéntanos más cosas sobre ti, ¿por qué estás aquí?

-...Necesito ayuda.
Llevo casi dos años enganchada. Al principio parecía fácil. Me decía a mi misma que podría dejarlo cuando quisiera, que no iba a pasar nada por probarlo...bueno, me equivoqué.
Al principio...joder, al principio era genial, en serio. Cuando estaba mal, me agarraba a la jeringuilla y con un poquito tenía suficiente. Con apenas unos gramos podía aguantar durante días.
Pero mi cuerpo fue queriendo más y más. Se me fue de las manos. Me di cuenta demasiado tarde.
-Joder, estoy hablando como en los anuncios y las campañas de "doce meses, doce causas". Qué asco.- ¿Cómo he podido caer en esto?
Bueno, pues eso. El deseo se hizo más fuerte. Incontrolable. Incomprensible. Pero era una necesidad.
Era tan maravilloso sentirla entrando en cada célula de mi cuerpo...llegué a pensar que eso era la felicidad.
Parecía tan fácil, tan verdadero. Todo era perfecto allí, en esa realidad alternativa que mi cuerpo creaba cuando estaba chutada. Parecía que la felicidad era eterna, que nada podía trastocar mi estado de ánimo.
Mi adrenalina subía, el dolor desaparecía hasta el punto de olvidar cómo era sentirlo...y las cosas llegaron a un punto sin retorno.
La vida no suele avisar para devolvérnoslas, así que cuando me di cuenta de mi dependencia ya era demasiado para mí. Sola no podría arreglarlo, pero mi única compañía era ese dulce veneno. ¿Cómo iba a salir a flote?

Intenté dejarlo. Aunque más bien diría que ella me dejó a mí a merced de mi (mala) suerte.
La escondí por ahí, esperando no volver a caer nunca, pero siendo tan cobarde de no hacerla desaparecer de mi vida.
La primera semana fue tremenda. Una de las peores de mi vida. Supongo que ahí fui realmente consciente de cómo había malgastado mi tiempo y mi vida. Es muy duro aceptar eso.
Los siguientes días fueron duros físicamente. El mono, supongo. Mi cuerpo llegaba a unos límites insospechados. Y de nuevo, me encontré sola. No hay nada peor que sentirse solo cuando estás rodeado de gente.



Bueno, poco a poco parecía que todo volvía a su cauce. Toqué con la punta de los dedos la verdadera felicidad, la madurez, el estado de equilibrio de autoestima.
Pero entonces...me "encontré" (la esperaba con todas mis fuerzas) de nuevo de frente con ella. Y mi vida cayó como un castillo de naipes...después de todo lo que me costó construirlo. Decaí. Le volví a entregar mi alma, quedando de nuevo a su merced, como una marioneta.

Mi culpabilidad ante la caída, mi pena por lo que estaba haciendo de nuevo con mi vida, y la inseguridad volvieron a mí y me cayeron encima como una losa. Me vi incapaz de salir del laberinto. El ciclo iba a repetirse una y otra vez.
Intenté dejarlo de nuevo, y de momento lo consigo...pero sigo sin deshacerme del recuerdo.

Lo peor de todo no es la repercusión física.
Quiero decir, la droga mata, pero primero mata por dentro.
Lo peor es que lo mismo en lo que te apoyas para vivir día a día, es lo que lentamente se apodera de ti hasta matarte. Es una de esas crueles ironías de la vida que siempre odiaré.
Lo peor es que tengo la felicidad y la "buena vida" esperándome de brazos abiertos, recibiéndome con una alfombra roja, justo delante de mis narices. Pero mi estúpida cabezota me hace temer a esa vida, a estar sola, a avanzar. Mi estúpida cabeza sigue prefiriendo el masoquismo.

Y...bueno, realmente no espero que vosotros me ayudéis a curarme. Sé que no podéis. Mi cura está en mí, pero supuse que me vendría bien desahogarme, soltarlo todo y reflexionar...

+Bueno, "Tú"...no te preocupes. Solo hay una cosa que no me ha quedado clara. ¿A qué sustancia eres adicta?

-Je, bueno, esperaba que no me lo preguntaras...
Mi droga tiene nombre y apellidos. Tiene ojos, y boca, y funcionan como puñales contra mí.
Llamémosle "ELLA"

martes, 21 de febrero de 2012

Pleasure, placer, plaisir

Una hora, un lugar, dos personas.
¿Por qué lo prohibido es siempre lo que más nos gusta?
Será por jugar con la adrenalina de ser descubierto, o por la satisfacción de no serlo finalmente.

Un susurro, un escalofrío, un pensamiento sucio.
No, ahora no. No me traiciones, conciencia.
Ven aquí y no me dejes hacer lo que deseo con todas mis ganas.

Una mirada, el olor de tu colonia, te humedeces los labios.
¿Te has arreglado sólo para quedar conmigo?
Para de acercarte, me lo estás poniendo muy difícil.

Un roce con tu piel, una sonrisa, los pelos de punta.
¿Es esto el cielo? No, el infierno, aquí hace mucho calor.
¿Por qué apareces ahora que no puedo debo disfrutarte?



Se te dilatan las pupilas, un latido, sube la temperatura.
Ah, así que eso es lo que te gusta, hacerme sufrir.
Lo estás consiguiendo...pero no pares aún.

Una caricia, un suspiro, tu botón desabrochado.
No puedo, no puedo aguantar. Trágame, tierra.
Pero espera un poco para hacerlo.

Tu boca, la mía, un beso.
No me dejes escapar; oblígame a hacerlo.
Si  no lo haces tú, yo no me iré por mi cuenta.

Una provocación, otro botón, una cremallera.
En segundos has derruido el muro que tanto me costó levantar.
Siento que ya no hay vuelta atrás. Perdóname, yo del futuro.

Más susurros, más besos, menos ropa.
Se me ha ido de las manos. Y por eso me gusta.
Me estoy portando mal, no se lo digas a nadie.

Saliva, piel, gemidos.
Si esto no es el paraíso, que baje Dios y lo vea.
Tú eres la manzana prohibida.

Tu cara, tu cuerpo, tus besos.
Saben más ricos que los besos legales.
Promete que no se lo dirás a nadie, que habrá segunda parte.

Prométeme que será nuestro secreto.
Que no vas a despertarme de esta dulce pesadilla.
Prométemelo, y después sigue.
Sigue hasta que toque el cielo, con las manos manchadas de culpa 
y los labios de tu carmín.


domingo, 29 de enero de 2012

Tan jodidamente perfecta.

Ah, mierda. Qué dolor de cabeza...¿qué hice anoche? La cama está revuelta, mi ropa por el suelo...cualquiera diría que he sufrido una posesión demoníaca. Mis pintas no ayudan mucho a pensar en otra teoría. Menuda mierda.
Me voy a la cocina a leer el periódico de ayer mientras me tomo un café bien cargado. No sé si será lo mejor para la resaca pero me lo pide el cuerpo. Paso las páginas sin ver nada más que letras. Ni siquiera estoy dándome cuenta de lo que pone...
Se oye la cadena en el baño y después el grifo. -¿PERO QUÉ COJ...?- Doy un respingo. ¿Qué pasó anoche? Espera...no...no...espera...
Comienzo a recordar cuando sales del baño.
Dios.


Anoche llovió. Yo me quedé en casa bebiendo a solas, intentando eso que dicen de "ahogar las penas". Llamaste a mi puerta y te vi ahí, calada hasta los huesos, con el pelo chorreando y los tacones en la mano derecha. El maquillaje corrido y el bolso bajo tu brazo izquierdo. Y tu cara...tu cara no se me olvidará nunca. Tus ojos de niña triste pidiendo que te dejara pasar a mi casa, y tu boca esbozando una levísima sonrisa de lado, de esas que me gustan tanto y solo tú sabes poner.

Acaba de aterrizar un ángel en mi cocina. Te frotas los ojos y caminas despacio, pero decidida, como si supieras que tienes el mundo a tus pies. Me dices buenos días con voz de bostezo. Oírte hablar me hace recordar más...

Te duchaste y te secaste el pelo en el baño mientras yo creía estar alucinando. Saliste de la ducha y cogiste mi camisa mientras yo estaba en el sofá sin saber qué hacer con mi vida.
Después...me besaste, no recuerdo dónde, cómo ni por qué. Pero me besaste. Aún queman mis labios cuando poco a poco lo recuerdo. Después hicimos varias veces el amor en mi cama. -¿Cómo puedo ser tan gilipollas de no recordar eso?- Puedo sentir todavía el tacto de tu piel en mis dedos, y el olor de tu pelo, y el sonido de tus susurros, y tu mirada clavada en mí como un dardo envenenado.



Seguramente no estés de acuerdo, pero así, tal como estás ahora, estás mucho más guapa que cuando te arreglas; despeinada, totalmente despeinada, con apenas los restos de un lápiz de ojos oscuro en el borde de tus pestañas inferiores, con tus lunares sin tapar por el maquillaje. Vestida solo con la camisa blanca que me cogiste anoche. Te queda grande, está arrugada. Estás perfecta.

Nos dormimos entre más besos y más abrazos, entre confesiones nocturnas y alguna que otra risa. 

Quiero que seas mía esta noche, y la siguiente, y todas las noches que me quedan.
Quiero que llueva de nuevo esta noche.
Te quiero.

miércoles, 11 de enero de 2012

Todo es gris.

Él camina como un autómata por las calles en ruinas. A su alrededor sólo escombros, ceniza y polvo. Parece una marioneta rota, cada paso que da se ve desde fuera como un esfuerzo sobrehumano.
La mirada perdida, como si no pudiera ver, como si no quisiera.
En los altavoces de la calle suena ahora una vieja canción de Jazz. Hace un contraste muy raro con la situación.  El reproductor de música que están utilizando en megafonía funciona mal; la canción se oye un poco ralentizada.

Es curioso. Hace unos minutos en esos mismos altavoces sonaban las sirenas. Después llegaron los gritos y las  explosiones. Los llantos, los golpes, los disparos...y después nada.
Nada...solo un murmullo casi casi inaudible. Parecía entonces que se podían oír las motas de polvo flotando en el aire. Luego empezó a sonar la canción.

Dresde, 1945


Él seguía caminando, sin rumbo. Buscar su casa entre los restos de la ciudad sería una misión imposible. Y además no quería hacerlo. Todas sus pertenencias, sus recuerdos, su familia...estaban ahora bajo un montón de ladrillos, cemento y polvo. Su vida entera era ahora una montaña de escombros. Su...¿vida?

Las radios llevaban unos días augurando esto, pero él no quería creerlo. Eso siempre pasaba en otras ciudades, incluso en otros países. ¿Quién iba a odiarles tanto como para hacer algo así? Desafortunadamente la guerra nunca entiende de justicia, pero eso él lo veía muy lejano, como si no le pudiera pasar nunca.

Varsovia, 1939

No tenía ganas de pensar, aunque de todas formas tampoco tenía en qué. En esos momentos hubiera preferido estar sepultado entre el hormigón. Si hubiera querido mirar a su alrededor, hubiera reconocido lo que quedaba de la casa de su mejor amigo, o aquella tienda de ultramarinos que llevaba tantos años abierta, o esa esquina en la que solía quedarse a mirar jugar en el parque a la chica que le gustaba cuando tenían ambos 10 años.

Años...una palabra sin sentido ahora para él. Aquí el tiempo no existe.
Aquí no hay vida, la música entra por un oído y sale por el otro sin pasar por el corazón.
Aquí los sueños están prohibidos. Los recuerdos, sepultados.
Aquí solo hay muerte, dolor y gris.
Todo es gris.

Guernica, 1937

viernes, 30 de diciembre de 2011

Dolor.

Un puñetazo, caigo al suelo. 
Otro, aún más fuerte. Me pitan los oídos, no oigo nada.
¿Qué está pasando?
Siento que las piernas me fallan, todo se vuelve negro. Se acabó.

Por un momento el dolor físico que siento en puntos localizados se neutraliza...¿quizás este es el fín? ¿Esto es la muerte? No está mal después de todo...
Nunca había imaginado que moriría así, tirada en medio de un sitio oscuro y frío, completamente sola y a manos de...ni sé ni me importa quién me está dando una paliza. A lo mejor debo darle las gracias.

Como si el destino se burlara de mi indiferencia ante la muerte, vuelvo a la vida real. Reacciono.
Respiro, oigo, abro los ojos. El dolor vuelve a cada una de mis terminaciones nerviosas.

Nada mas abrir los ojos recibo un golpe en la mandíbula. Creo que me la ha desencajado un poco.
La sangre comienza a llenar mi boca, me giro para escupirla sobre el suelo.
Aunque sé que recibiré otro golpe, intento incorporarme. Qué imagen más penosa debo estar dando.

Efectivamente, quien sea que  me está pegando cumple mis expectativas. Al intentar ponerme de pie me da una patada en la espalda. Vuelvo a caer de cara al suelo, como una muñeca de trapo. Siento tanto dolor que creo que estoy empezando a no sentir nada más. Ni siquiera noto el aire entrar y salir de mis pulmones, en su lugar siento el dolor en las costillas por los primeros puñetazos.

Boca abajo, tosiendo sangre, sin poder moverme. Creo que ni siquiera tengo miedo esta vez. Es triste pero estoy acostumbrada al dolor.

Mi asesino se acerca. Dentro de mi aturdimiento general aún puedo oír sus pasos hacia mí. Creo que incluso puedo oír su ira, su rabia. Quien quiera que sea debe de odiarme mucho.
Se para a mi derecha, a la altura de mis hombros y se agacha.

-¿Ya está? ¿Eso es todo lo que puedes hacer? Me decepcionas...esperaba mucho más de ti.- Dice.

Y tiene razón. Allá donde voy decepciono. Quizá mi muerte sea acorde con mi vida. Soy una blanda, soy imbécil. Una romántica empedernida que vive en sueños de niña pequeña. Una falsa, una mentirosa compulsiva. Una mocosa con doble moral y doble personalidad. Principalmente una pobre cría a la que le ha decepcionado la vida, y no ha sabido afrontarlo.

Me coge del pelo y me levanta la cabeza del suelo. Las lágrimas y la sangre se mezclan en un pequeño charco bajo mi cara. Se acerca a mi oído, su respiración se acelera. Me odia...no sé quién es, pero me odia con todas sus fuerzas.

-Mírate. Das asco. Esta es la muerte que te mereces...por gilipollas. ¿Te ves? Tirada en el suelo, a merced de mi voluntad. Puedo hacerte todo el daño que quiera hasta que tu cuerpo no pueda más. ¿No es lo que querías?- Me susurra intentando controlar su furia.

Aún cogiéndome del pelo, estampa mi cabeza contra el suelo. Me rompe la nariz y me parte el labio inferior. A este paso voy a morir ahogada en sangre. Lo más frustrante es que no puedo siquiera gritar.

Mi agresor comienza a llorar. Se levanta y le oigo dar vueltas a mi alrededor. Grita. Grita de rabia y golpea el suelo y las paredes con fuerza. Vuelve a acercarse a mí. Me da la vuelta y me hace rodar hasta quedar boca arriba. Imagino que a estas alturas parezco un cadáver. Ni siquiera puedo abrir del todo los ojos y tengo la cara empapada en sangre...

-Yo...yo te quería joder. TE QUERÍA....TE QUERÍA COÑO! Y te sigo queriendo...pero no me has dejado otra opción...-Sus palabras me han pillado desprevenida...supongo que oír un te quiero en esta situación es demasiado surrealista incluso para mí.

La voz...esa voz...
Esa voz la conozco...
Sigue repitiendo te quieros entre llantos y entre más golpes...
Es extraño. Es como si el sonido se desdoblara. Esa voz es de alguien. De alguien a quien corresponde una C grabada con dolor en mi piel, junto a mi cadera izquierda. Alguien a quien quise.

Pero insisto, la voz se desdobla...es como si oyera a dos personas hablar al mismo tiempo, diciendo las mismas cosas. Cada palabra se me clava como un puñal.

La otra voz suena familiar. Demasiado. Una voz que llevo oyendo desde que sé hablar.
No es otra que la mía.



sábado, 10 de diciembre de 2011

Where is my mind?


Respiración entrecortada, me castañetean los dientes. Me estoy muriendo de frío y me he dejado los guantes en casa. El aire gélido del invierno que aún no ha llegado (salvo a Valladolid) se pega a mi piel. Mi cara parece que tiene una fina máscara de hielo en formación, tengo la nariz y las orejas como un tomate, a punto de resquebrajarse por la congelación. Con cada bocanada de aire que sale por mi boca. una nube de vaho se me echa encima. Camino con las manos en los bolsillos del abrigo, encogida de hombros. Aunque sean las 7 de la tarde ya parece una noche cerrada.

Los guantes no son lo único que me he dejado en casa. Allí quedan también mis sonrisas, mi entretenimiento, la serie que nunca me pierdo, mis padres.
Quiero alejarme. Separarme de todo lo que conozco,  de mis calles, de las luces, del ruido, de la gente. Quiero de una vez por todas tener una charla conmigo misma, y poder gritar a nadie, y poder llorar a solas.

Tengo la sensación de que con cada paso, con cada metro que me alejo de mi casa, algo desaparece en mí. O aparece, no sé distinguir muy bien. Mi dolor no se va, sigue ahí, pero sigue distinto. Ahora no es un recordatorio constante, ahora no es una presión. Supongo que...ahora es algo localizado, preparado para ser eliminado. Son demasiadas emociones para una chica tan bajita como yo...no cabe tanto dolor, es imposible.



Sin saber muy bien cómo, simplemente siguiendo el instinto de mis piernas, he llegado a un sitio que creía inexistente en mi ciudad. Es...¿como un bosque?¿Un parque inmenso tal vez? No sé, cualquier cosa sirve. Hay árboles, que es lo que cuenta. Muchos. No muy altos pero tampoco bajos. Pero muchos en cualquier caso. Estoy a oscuras...con el miedo que me da. Pero no es una oscuridad absoluta. Esta me da tranquilidad. La luna brilla bastante hoy, traspasa la niebla baja que baña todas las calles de Valladolid y da en las siluetas de los árboles. Es un sitio tranquilo, alejado. En la más completa soledad. Lo que necesito.

Me paro en seco. Un escalofrío recorre mi espalda. Mi cabeza comienza a dar vueltas. Todo lo que he sido, todo lo que soy, todo lo que seré...mis sentimientos, mis recuerdos...mi vida en los últimos 2 años...
Todo a la vez, concentrado en 1 kilogramo de materia gris. Demasiado para mí, cierro los ojos intentando no marearme. Cierro los ojos, cierro los ojos...siento que las piernas me van a fallar...todo se cae...

Parada en seco. Abro los ojos. En apenas una milésima veo la luna encima de mí, rodeada de un cerco. Y la niebla. Y los árboles...
Y echo a correr como no lo he hecho nunca. No sé por qué pero no me importa. No corro hacia ninguna parte. Estoy rodeada de árboles de todas formas. Corro en línea recta, a toda la velocidad que mi cuerpo me permite. Corro, intento dejar atrás toda la mierda, todo el dolor, y mi costumbre a vivir con él por no saber luchar contra él. Corro, no hay dolor, no hay cansancio, no hay frío.
No se cuanto tiempo llevo corriendo, pero de nuevo mi cuerpo manda sobre mí. Caigo rendida en el suelo, de rodillas, pidiéndome perdón a mi misma, rindiéndome ante mi verdadero yo.



He sido tan tonta...
Lloro, grito, nadie me oye y no tengo vergüenza de las lágrimas que me caigan. Grito, grito, GRITO. Me estoy rompiendo la garganta, lo sé. Mañana voy a tener un catarro de la ostia, también lo sé. Pero da igual. Tengo que soltarlo. Como un grifo abierto.
Tanto tiempo, tantos besos, tantas ideas, tanto miedo a preguntar si eran ciertas...tantas imágenes grabadas a fuego en mi memoria que no querría que estuvieran allí. Poco a poco se van.
Soy una estúpida quinceañera muerta de frío tirada en un bosque imaginario, en medio de ninguna parte, entre los árboles 15 y 16 de la calle del Quinto Pino. Llorando como un niño pequeño al que se le ha caído el helado.

Me da igual. No sé dónde está mi mente, no sé siquiera si quiero encontrarla aún. Pero no necesito ayuda para encontrarme. Esto es una lucha entre yo y yo.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Halloween

22:30
Volvía hacia casa después de la fiesta. Ya sabes, disfraces, pintalabios negro, sangre artificial...la gente me iba mirando, no había podido quitarme el maquillaje ni el disfraz. Pero me daba igual, yo seguía escuchando rock con los auriculares totalmente indiferente a lo que ocurría a mi alrededor.

Llegué a mi calle. Es bastante estrecha y oscura, y además están reparando una casa vieja, por lo que hay un andamio en la acera de mi portal. Para no andar cruzando una y otra vez, decidí atravesar el andamio. La fina malla blanca que cubría las barras de metal parecía una enorme telaraña. Era gracioso. Pero al atravesar el andamio, noté un escalofrío por la espalda. Un mal presentimiento, un "no vayas a casa", un a mirada clavada en mi nuca.

Pero nada. No había nada ni nadie. Mi calle estaba desierta.
Decidí no darle importancia a esas "malas vibraciones". Seguramente era por la situación: día de sustos, oscuridad, calle vacía...Así que yo seguía caminando hasta mi portal, a unos 10 metros del andamio.

Estaba ya en la puerta, sacando las llaves, cuando la farola que hay justo encima del portal se apagó. No me extrañó mucho porque esa farola solía parpadear.
Metí la llave en la cerradura en un acto mecánico, y cuando levanté la mirada antes de empujar la puerta...
Un reflejo, sí, eso debía de ser. Eso quería que fuera...
La blanquecina silueta de una cara me miraba al otro lado del cristal de la puerta. No me dio tiempo a mirarla, pues duró lo que dura un pestañeo.
Di un respingo, pero no había nada de lo que asustarme. Yo solo quería meterme en casa y que se me pasara la tontería.

Entré en el portal rápidamente, encendí la luz y mientras subía las escaleras me acordaba de todas y cada una de las escenas típicas de las películas de terror. Era obvio que necesitaba descansar.

Abrí la puerta de mi casa y entré. Mis padres se habían ido. Me habían dejado la cena en la cocina y una nota en la encimera. Estupendo. Encima tenía que pasar la noche sola.
En fin, que remedio. Encendí la luz del salón y la del pasillo, y también el ordenador. Cuando estoy sola no me gusta el silencio, así que aunque no la fuera a ver también encendí la tele.
Después de un rato hablando con mis amigos por el messenger me entró hambre. Fui a la cocina y calenté la cena en el microondas. Demasiados aparatos encendidos. Saltó el diferencial de la casa y se fue la luz.

Joder, perfecto. ¿No había un día ni un momento mejor para esto? Intenté dominar mi miedo a la oscuridad y recorrí a tientas el espacio que separaba la cocina del salón. Busqué un poco temblorosa la linterna en una de las estanterías del salón. La encendí y fui hasta el cuadro eléctrico atravesando todo el pasillo. Aunque iba bastante nerviosa, técnicamente no había nada por lo que asustarse. Subí el interruptor y todo volvió a la normalidad. Suspiré. Me sentía estúpida.

23:17
Llevaba ya un rato sin incidentes. Había terminado de cenar y estaba chateando en el ordenador:

NyanKitty dice:
-JAAAAJAJAJA tia ya te digo
-iba con un pedo que ni me acuerdo :P
Yo:
-Joder sq t pasas un huevo xD
-Mira q beberte el ron a palo seco tu sola
-Si hicieras como yo que solo bebo shandy :D
NyanKitty dice:
-ete a la mierda
-vete*
-xD mi dislexia ataca de nuevo 

Y se fue de nuevo la luz. El ordenador tenía batería todavía.

Yo:
-Joder se m ha ido la luz -.-
-espera
NyanKitty dice:
-uy nena a ver si va ser la blody mary esa xD
Yo:
-anda calla perra xDD

Cogí de nuevo la linterna y rehice el camino por el pasillo. Me asomé al cuadro eléctrico y subí la palanquita. Pero no pasó nada. La bajé y la subí otra vez...y nada. Joder, que asco de día. Fui a sacar el móvil del bolsillo para llamar a mi padre y preguntar. No contestaba. Llamé otra vez...
En esas estaba cuando se me resbaló la linterna de las manos y cayó al suelo. Al ir a cogerla me pareció ver una sombra en el pasillo. Apunté con la luz de la linterna y, de nuevo...NADA.
Mi padre seguía sin contestar. En fin, supuse que tendría que pasar toda la noche a oscuras. Terapia de choque para mi miedo a la ausencia de luz. Perfecto.

Me senté en en sofá con el portátil encima.

Yo:
-bueno ps me quedo a oscuras
-yupi!
-si se me desconecta d repente es q se me ha ido la battery xD
NyanKitty dice:
-D: 
-Nu te vayas my loveeeeer xD


Durante unos minutos se me fue olvidando lo de la oscuridad, aunque me diera mucha grima mirar al pasillo y verlo completamente a oscuras.
Pero...lo peor estaba por llegar.
Yo estaba mirando a la pantalla cuando noté que una luz se encendió de repente en el salón. Era la tele. Se había encendido sola.
Tenía intermitencias. A mí casi me da un ataque al corazón. No sabía que hacer. ¿Irme corriendo? ¿Llamar otra vez? ¿Limitarme a llorar, gritar y patalear pidiendo mi mantita hasta que todo se pase?
Bloqueada. Fuera de cobertura. El cerebro de Blanca no está disponible en estos momentos.
La imagen de la tele se volvió poco a poco más nítida.

Había una persona sentada en una silla. Sentada y...¿atada? Y posiblemente con cinta americana en la boca. No se movía, fuera quien fuer...espera...
Era yo. Era una imagen de mí, con la misma ropa que llevaba en ese momento, atada a una silla, secuestrada. Encerrada en la imagen de mi propia tele. Ni la peor pesadilla de mi vida era tan retorcida.

La imagen de la tele se volvió a ir. De nuevo intermitencias. La nueva imagen era...no se, no se veía muy bien. Era...una grabación con cámaras nocturnas, de esto que se ve todo como en verde y negro, y la gente tiene los ojos brillantes como si fuera un gato.
Era una grabación muy movida, como si fuera una cinta casera, grabada con una videocámara barata.
La imagen iba avanzando, se cortaba, cambiaba de escenario...hasta que apareció una imagen reconocible para mi. Mi casa. Mi pasillo.
Me puse a llorar, no podía ser, no era real, seguro...no...no...¿por qué yo no me desmayo cuando tengo mucho miedo como hacen en las pelis?
La imagen seguía avanzando. Pero en mi pasillo no se oía ni un ruido. La puerta no se había abierto. Era imposible que hubiera entrado alguien...o algo.
Pero en la televisión la imagen se iba acercando al salón. Reconocí cada metro de los que separaban el recibidor del salón. Comenzó a distinguirse el sofá, la mesa...y un bulto acurrucado en el otro extremo del sofá. De nuevo yo me veía a mi misma en la tele. No me salia la voz, no podía moverme. Alguien me estaba grabando y yo no podía verle. Y estaba sola, a oscuras, indefensa. Podrían matarme del susto solo con rozarme un tobillo. La cámara invisible se acercaba más y mas a mí. Ya podía verme temblar. Cerré los ojos...los cerré con todas mis fuerzas. Apreté los puños y los dientes tanto que me hice sangre en los labios. Iba a morir. Iba a morir allí en mi sofá. Sola. Y ni siquiera iba a tener la posiblilidad de saber cómo ni por qué.
Todo iba a acabar...todo.
Oí un ruido ensordecedor, no sabría describirlo. Ni un grito, ni un golpe...no sé. Un ruido horrible.
Y la luz volvió. La bombilla del salón parpadeó un par de veces. La tele continuó emitiendo el concurso que tenía puesto antes de irse la luz. Como si nada.
Mi amiga seguía detallándome su vomitona tras la fiesta, como si nada.
Nadie en el pasillo, ni el menor indicio de que lo hubiera habido. Ni huellas, ni marcas, ni la puerta abierta.
Como si nada.




sábado, 29 de octubre de 2011

Lluvia



Plic!
Un punto frío cae en mi piel...y silencio.
Silencio absoluto, solo se oye mi respiración.
...Plic!
Otro punto...
aún no he abierto los ojos. ¿Dónde estoy?
...Plic, plic!
Estoy tumbada boca arriba. Como si hubiera caído desplomada
allí mismo. Mirando al...¿Cielo?
...Plic!
Sí, sigo sin abrir los ojos. Pero huele a campo, a aire.
Estoy en mitad de ninguna parte, tumbada en la hierba.
...plic, plic...plic!
Cada vez más puntos fríos me salpican.
Llueve.
...plic, plic, plic, plic...


Abro los ojos. Poco a poco...tengo que acostumbrarme a la luz.
Sobre mí hay un manto gris, denso, espeso, lejano, imposible de atravesar. Veo gotitas de agua cayendo...plic, plic...
Respiro el aire, la humedad. Un escalofrío me recorre.

¿Qué hago aquí?
No me importa.

No puedo moverme, el cuerpo me pesa demasiado. Pero tampoco me movería si pudiera.
Ojalá llueva más...

...plic, plic, plic, plic, plic, plic, plic, plic...

La lluvia comienza a mojarme. Me cae sobre las muñecas, sobre el cuello, sobre la ropa. 
Cierro los ojos para que no se me metan gotas dentro. Las gotas resbalan por mis mejillas. 
¿Qué soy aquí? 
Nada.
Una chica tumbada boca arriba con un lío en la cabeza. Nada.
Aquí no puede pasarme nada. Aquí estoy a salvo. Aquí puedo llorar y que mis lágrimas se confundan con la lluvia. Aquí puedo gritar hasta romperme la voz sin que nadie me oiga. 
Aquí puedo reír sin motivos, porque aquí no hay motivos.
Estoy sola. Estoy aquí porque tengo un problema.
Tengo un problema conmigo misma.
Por fuera no me muevo ni un ápice. Dentro de mí hay una batalla épica. Y yo estoy en los dos bandos que pelean. Voy a ganar, y voy a perder. Va a ser doloroso y gratificante a la vez.
Va a ser difícil pero, ¿qué mas da?

Porque, ¿qué soy aquí?
Nada más que una chica empapada tirada en la hierba.
Nada más...

Plic, plic,  plic...
Nada más...

Plic, plic...
Nada más...

...
¿Nada más?