sábado, 15 de febrero de 2014

Creo que esto se llama crítica.


"Castilla miserable, ayer dominadora,envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora."                                       -A. Machado.


Parece mentira que las mismas calles que llevo dieciocho años recorriendo se vean ahora como un laberinto sin salida.
No la encuentro por ninguna parte, e ir desenrollando el ovillo no vale de nada: yo nací en esta trampa. Recorrer el camino del hilo de lana sólo me haría retroceder hasta el centro, hasta el lio más lioso.

Esta ciudad es mediocre hasta para ser gris. Es de un gris feo, un gris humo, gris sucio. Y aunque esté mal que yo lo diga, me canso de ser tan Blanca entre tanto alquitrán.

La mayoría de sus habitantes son transparentes, maleables y finos. El ambiente les engulle y viven para pisotear el hilo de otros Teseos, porque no tienen ni siquiera el orgullo propio de buscar por su cuenta la salida. No, no. Saben que morirán en esta red de "casis". Es mucho más fácil y gratificante interrumpir el avance de los demás que reconocer el fracaso propio.

Yo no soy Teseo, y no hay una Ariadna esperándome fuera. Mi Ariadna particular también está perdida entre bloques de hormigón y paredes de "no puedes hacer esto", "eres muy pequeña para aquello", "deberías madurar y ser más no-se-cómo".

Y aquí seguimos, vagando sobre adoquines que se sueltan y te escupen los charcos de ayer sobre las piernas y sobre el alma. Se nos pudre poco a poco, señores; Castilla la Vieja está agonizante. Y nosotros, los "jóvenes maleducados", los "mocosos que deberían haber vivido una guerra", los siguientes, los últimos...
Nosotros estamos encerrados en la fortaleza más vieja, dura y cabezota de la meseta.

Ni Cid, ni imperio, ni reyes que se dijeron católicos cuando querían decir caóticos. Ni comuneros, ni caballeros. Leyendas.
Sólo leyendas de un secarral que siempre ha sido penoso, porque ni a triste podía llegar.

Ancha es Castilla.
Y estrechas vuestras molleras.


He dicho.

lunes, 3 de febrero de 2014

Dejadme quererla a solas, soy casi toda suya.

Cómo das vueltas al café,
mientras nos hipnotizas
a ambos
justo antes de bebernos.

Cuándo abrí la cerradura,
que (aunque fuera de Pandora)
yo he decidido
tragarme la llave.

Dónde termina tu magia,
pues yo diría que tras los rizos
ya no cabe más alma
ni más quererte.

Quién te enseñó a besar
para que lo conviertas en arte,
y a mí en aprendiz,
y al resto en parodia.

Qué tiene tu voz
con mi estómago,
que se alían y me traen
las dichosas mariposas.

Por qué me sales al escribir,
por qué al dibujar,
o al soñar.
Por qué no vienes esta noche.


sábado, 25 de enero de 2014

18

En cosa de cuatro horas, un rectangulito de plástico con mi foto me servirá para demostrar que soy adulta. O algo así.

¿Qué tendré mañana que no tenga hoy? Nada. Seré la misma Blanca, con los mismos exámenes y el pelo igual de bonito -no tengo abuela, recuerden-.

Pero no soy la misma Blanca que cuando Blanca empezó. Algo evidente, pero tenía que hacer balance.
La niña reflexiva y perezosa se ha vuelto una mujer algo más espontánea y decidida. Puedo decir que hice el proceso al revés: me he vuelto extrovertida con el paso de los años. He ganado "frescura".

Soy todo lo contrario a lo que imaginé que sería cuando tenía diez años menos. Pero puedo asegurar que si mi yo de hace diez años me hubiera visto ahora por un agujerito, le hubiera gustado.

Ni tengo novio, ni voy a ser profesora, ni me he teñido de negro, ni me he hecho rizos permanentes. Sigo sin tener perro y sin saber hacer la voltereta lateral. Nunca he tenido una bici, y aún me caigo de los tacones.

Tengo una novia preciosa, voy por ciencias, oigo rock y sigo durmiendo con calcetines. Ahora escribo en cursiva y sin agujerear el papel. Y me he negado a llevar lentillas. El lunar en el muslo derecho aún no se ha cansado de mí.

Si de algo estoy segura, es que la Blanca de hace 10 años hubiera odiado mis enes. Las hago como us. COMO US. ¿Sabéis lo mucho que me ha repateado eso siempre?

Y en fin, que este año es EL año.
La mayoría de edad sólo es un símbolo de todo lo que ocurrirá.
Con una especie de nudo agridulce en la garganta, he de despedirme para siempre de la infancia y asumir que soy una adulta con responsabilidades. Con humor y locura siempre, pero responsabilidades. Este año he de demostrarme a mí misma todo lo que he aprendido en los últimos dieciocho años, y no sé si me puede el miedo o las ganas.

Sea como sea, Blanca mayor recuerda con cariño a Blanca pequeña. Y Blanca pequeña admira desde el pasado a Blanca mayor. Aún tienen mucho que aprender la una de la otra antes de olvidarse.

Seguiremos informando.

lunes, 13 de enero de 2014

Se me salen las palabras por las yemas de los dedos
antes de que terminen de formarse en mi cabeza.
Se escapan.
Huyen sin que me de tiempo a






escribirlas.




¿Ves? Todas se alejan de mí.

Lo siento, lo siento. Vuelvan a sus casas y cierren las puertas.
Palabras ex convictas campan a sus anchas.
De esas que apuñalan, roban y violan.

Yo tendría miedo, ahora en serio.
Se me está colando Blanca entre las letras del teclado.
Necesito subir a un escenario en el que poder dejar el drama que me sale por los poros, que no es poco.
¿Y ahora qué me pasa?
Supongo que las dos máscaras se alternan.
Tragedia más tiempo es igual a comedia, dicen.
O al revés.

El caso es que soy un personaje sin líneas, o unas líneas sin actor, o un actor sin caracterización.
Siempre me falta algo.
¿Y ahora qué es?
Si el patio de butacas está lleno, las luces encendidas, el telón a punto de abrirse...
¿Miedo escénico?

Mucha mierda.

Todo son preguntas sin ninguna relación en mi cabeza. Y preguntas que no sirven de nada.
Creo que vuelvo a perderme en mí misma de una manera que no controlo. Serán las crisis existenciales, será que tengo la regla, será que no me dan los suficientes abrazos.

De todas maneras, ¿qué hago aquí? Contando esto, quiero decir.
¿Soy la directora de la obra o soy ese niño que siempre hace de árbol en la función del cole?
A lo mejor me creo la protagonista en una historia en la que solo aspiro a piedra.
Tal vez me estén modelando más de lo que quiero creer.

Y ahora, a estudiar.

martes, 7 de enero de 2014

Todo se des...          
                         mo...
                                   r,,
                                      .      on..
                           
                                                 ....                a.

Muy lento.
Pieza a pieza.
Como a mí siempre me ha gustado.
Por el mero placer de que una mota de polvo en el engranaje justo haga activar la maquinaria, y a los ojos se les caigan cachitos de mar. Y me resbalen por las mejillas, tibios, sin freno. Me gustan porque se enfrían al bajar por la piel helada mientras, poco a poco, desaparecen.
Sólo por el gusto de llorar delante de alguien que te pregunte "¿Qué te pasa? ¿Estás bien?", con la consiguiente y gratificante negación. Me gusta encerrarme.
El masoquismo y la tortura con una pizca de victimismo.

Duele.

Y empiezo a pensar que es mi forma de ser, que no puedo hacer nada contra ella por más que ponga capas de otra cosa encima. Siempre seré la niña insegura y débil que se retira a su esquina a ver su propia caída una y otra vez.

Hoy se me ha roto un espejo en las manos y se me ha quedado una esquirla clavada.
Si no fuera por mi poca espiritualidad, tenía que haberlo tomado como señal.

Porque todo
se está
rompiendo.

Con siete años de mala suerte, dicen.
Seguiremos informando.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Seis años.

Abuela, te fuiste hace seis años.
Bueno, permitidme este recurso, chicos.

Ya sé que no te fuiste a ninguna parte, y que no lo hiciste a propósito.
Pero conjugar el verbo "morir" es muy difícil para la primera y la segunda persona del singular.
Y ya sé que escribir una entrada como si hablase contigo es otra estupidez, pero me gusta así.

Hace seis años, la pequeña e insegurísima preadolescente que tenías por nieta estaba sentada en la silla del tanatorio sin saber qué decir, ni qué hacer, ni qué pensar.
Te hubiera gustado saber cómo soy ahora.
Tú me llamarías mujercita, supongo. Y ahora sé qué decir, y qué quiero hacer, y qué me gusta pensar.
No sabes lo importante que fue en mi vida el día de tu muerte. No te asustes, pero fue una torta en la cara. Un fin súbito de mi infancia.

Tranquila, está bien.
Crecí mucho con aquello.

Simplemente, a veces echo mucho de menos el poder coger el teléfono los domingos, preguntarte qué tal estás, contarte que nosotros bien aunque no sea del todo verdad, y poder decirte a cachitos todo lo que he crecido por dentro y por fuera. Que tengo novia, que quiero estudiar Biología, que papá nos ha pegado un catarro, y que a ver cuándo vamos a verte a Granada.

Me gustaría tomarnos un café juntas, con las tazas que ahora tenemos nosotros, con los pies sobre el brasero. Y decirte todo lo que a veces no puedo decirle a nadie más, porque sé que a ti podría contártelo.

Recuerdo perfectamente tu forma de maquillarte, las arrugas de tus manos, el color de tu esmalte de uñas y el modo en el que apoyabas la cara en el dorso de la mano cuando veías la televisión. Ese gesto de niña en cara de ancianita nunca se me olvidará.

Abuela, nunca te dije lo mucho que te quería, porque tampoco sabía que iba a echarte tanto de menos.

Aún hoy me pregunto si hice bien el 25 de Diciembre de 2007, porque no me asomé a verte. Pero entiéndeme. Entiende que tenía 11 años, que la muerte no era algo que tuviera en cuenta. Y que no iba a verte a ti, sino a tu cadáver. Eso ya no eras tú. No era tu forma de maquillarte, no era tu sonrisa, ni tu camisón. No hubiera sido la calidez de tu cuerpo cuando me abrazabas.
Si me hubiera asomado a ver tu cuerpo vacío tras un cristal, tal vez los buenos recuerdos que tengo hoy de ti hubieran desaparecido.

Mejor así.

Te echo de menos. No sabes la razón que tenías cuando me decías entre risas que eras "mi abuela moderna".
Fuiste la mujer más fuerte que he conocido nunca. La más fuerte y la más buena.