lunes, 17 de marzo de 2014

Camarero, hay un trébol en mi cerveza.

Hace un año estaba en Irlanda, la verde Irlanda.
Era un maldito viaje con el instituto, una semana. Siete días y me enamoré de Dublín.

Es una sensación extraña pero placentera. De repente me sentía más de allí que de aquí, como si mis pulmones estuvieran hechos para ese aire húmedo y frío, (tanto, que te hace tiritar las ideas dentro de la cabeza al inhalarlo). Hasta el suelo parecía agarrarme los pies a cada paso.

Irónicamente, nunca me ha gustado especialmente el color verde. Pero allí todo es del verde más verde que he visto nunca, y es precioso.
Dublín es la ciudad de mis sinestesias: el aire huele a agua, y el agua huele a frío, y ese verde San Patricio sabe tanto a hierba que me cuesta escribirlo.

La gente, la Guinness, las canciones que suenan en cada calle, los tréboles y los leprechauns. El sonido del gaélico y el dulce acento con el que les sale el inglés a los risueños irlandeses (no había tanto pelirrojo, es todo mentira. Son rubios, rubios). El museo de Historia Natural, los cuervos, Molly Malone y el escote que debió de enamorar a tantos dublineses que ahora tiene una estatua delante del Trinity College. Los acantilados, tan rectos que parecen recortados por gigantes con precisión milimétrica, y el agua (que será lo único que no es verde en ese país) chocando enfurecida, mezclando el batir de las olas con el sonido de la lira que un artista está tocando subido a una roca.
Allí, pedir una cerveza "del tiempo" te garantiza que estará más fría que pidiéndola fresca.

No, no. Yo no estoy poética esta noche. Irlanda es así.

Por unos días me sentí en el sitio adecuado y en el momento adecuado. Nada salvo el pelo rubio y un padre de ojos verdes parece indicar que mis raíces sean celtas, ni nórdicas, ni nada por el estilo. Más bien todo lo contrario. Pero la sensación de hogar, de amar un terruño, de identificarse con una porción del planeta...sólo la tengo cuanto más al norte me dirijo, y en Irlanda como en ninguna otra parte.

Creo que uno de los recuerdos más felices que tengo es el de amanecer nevando el día de San Patricio, en una casa irlandesa con unos desayunos en los que la leche sabía de verdad a leche y una gata (esta sí) pelirroja pidiéndome parte de mis galletas.
Y hoy, un año después, desearía con todas mis fuerzas volver allí, volver con ella o con mis amigos, incluso vivir allí durante un tiempo. Allí me sentía más Blanca que nunca.

Crónaím thú, Eire.

lunes, 10 de marzo de 2014

Hoy he estado dando un repaso a la historia de este Blog.

Cielos, era muy pequeña cuando lo empecé (tanto, que lo sigo siendo ahora). Eso explica que la mayoría de entradas hayan generado en mí cierta compasión. Se me ocurren varios comentarios jocosos.

Lo cierto es que escribía lo que otros querían que escribiera, a veces. Los comentarios cursis vacíos que tanto critico y que abundan en las redes sociales están dispersos por varias de mis entradas. Las únicas aportaciones que no me traen malos sentimientos son las que escribí cuando ya no podía más, en un acto desesperado por contarle a algo lo que no podía contar a un "alguien". Y no es que haya tenido una adolescencia tremenda ni terrible. Ha sido como las de otros muchos, pero supongo que no supe canalizar mis emociones fuera de este cuadrado en algún lugar de la inmensa red.

Y por eso no estoy borrando nada de lo que leo, me guste o no. Aunque para mis adentros piense "Menuda estúpida eras", no tiene sentido que lo haga desaparecer. Fui así, me pasaron esas cosas y decidí redactarlas de ese modo. Tiene su encanto hacer estas retrospectivas de vez en cuando.

Al fin y al cabo, en otros tres años, si esto sigue aquí, volveré a pensar que era una estúpida mientras leo estas mismas líneas.

Y es lo que me gusta de tener estos cachitos de mí dispersos en una página. Aunque así los vuelva susceptibles de crítica, son los fragmentos que me componen y que en algún momento me compusieron. Y si ahora estoy orgullosa de mí, sería muy tonto querer borrar lo anterior, como si no hubiera habido una evolución ni un crecimiento.

No sé qué hacéis leyendo esto, si es que seguís ahí.

Pero es de esas cosas que, nuevamente, necesitas ver plasmadas para que se ordenen en la cabeza.

Buenas tardes.

domingo, 2 de marzo de 2014

Si tuviera superpoderes no salvaría tu mundo.

Bastante tendría con el mío.

Y en cierta forma, puedo decir que ya los tengo. ¿O acaso era fácil llegar hasta aquí? No sé, pero ya no me apetece dirigirlos hacia los demás. Voy a conseguir lo que quiero, tened esto por seguro.

¿Cuándo? ¿Cómo? ¿De qué color será mi capa? ¿Voy a ser de las que llevan la ropa interior por fuera de las mallas?

Y yo sólo pienso, ¿qué importa?

De verdad me siento capaz. Es algo increíble que siento ahora por primera vez en toda mi vida (que no es mucho, pero tampoco poco. Poco a poco). Me siento fuerte. Y tengo unas ganas tremendas de abrir las ventanas y ver mi propia vida al otro lado. "Salir del nido", lo llaman.
No me suelen gustar las metáforas con plumíferos implicados.

Prometo que no habrá ningún animal herido en el proceso, pero Blanca va a abrir las alas (o la capa, o la mochila con cohetes, o lo que sea) y a dejar de sentir las ramitas bajo sus pequeños pies. Mi momento se acerca, o yo me acerco a él. Este es EL AÑO, y tengo que cerrar esta etapa por todo lo alto.

Me he cansado de pensar en mi infancia y la primera parte de mi adolescencia como un nudo en el estómago constante y como el eco de varios "espera", "no", "no lo intentes" que yo misma me repetía. La satisfacción con lo que soy sabe demasiado bien como para dejar la mitad en el plato. No espero que nadie intente pararme, pero que tenga por seguro que no podrá conseguirlo. Tal vez mis aspiraciones no sean tan altas como cabría esperar, pero son las mías. Al fin y al cabo, el mundo en este momento tampoco promete mucho más, ¿no?
Soy como quiero ser. Como me gusta ser. Como jamás hubiera imaginado que sería. Mirarme al espejo ya no da miedo. Oírme en grabaciones ya no me da vergüenza. Verme en fotos ya no resulta tan extraño.
Y no pretendo hacer de esto un espectáculo ni oír aplausos al final. Cada persona en el mundo debería vivir esto mismo.
Soy por y para mí. Enteramente. Y nadie volverá a arrancarme de mí misma.

No me deseéis suerte, espero no necesitarla nunca más. La suerte, para los que echen la quiniela y vivan en el casino.
Yo ya he hecho mi apuesta.

sábado, 15 de febrero de 2014

Creo que esto se llama crítica.


"Castilla miserable, ayer dominadora,envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora."                                       -A. Machado.


Parece mentira que las mismas calles que llevo dieciocho años recorriendo se vean ahora como un laberinto sin salida.
No la encuentro por ninguna parte, e ir desenrollando el ovillo no vale de nada: yo nací en esta trampa. Recorrer el camino del hilo de lana sólo me haría retroceder hasta el centro, hasta el lio más lioso.

Esta ciudad es mediocre hasta para ser gris. Es de un gris feo, un gris humo, gris sucio. Y aunque esté mal que yo lo diga, me canso de ser tan Blanca entre tanto alquitrán.

La mayoría de sus habitantes son transparentes, maleables y finos. El ambiente les engulle y viven para pisotear el hilo de otros Teseos, porque no tienen ni siquiera el orgullo propio de buscar por su cuenta la salida. No, no. Saben que morirán en esta red de "casis". Es mucho más fácil y gratificante interrumpir el avance de los demás que reconocer el fracaso propio.

Yo no soy Teseo, y no hay una Ariadna esperándome fuera. Mi Ariadna particular también está perdida entre bloques de hormigón y paredes de "no puedes hacer esto", "eres muy pequeña para aquello", "deberías madurar y ser más no-se-cómo".

Y aquí seguimos, vagando sobre adoquines que se sueltan y te escupen los charcos de ayer sobre las piernas y sobre el alma. Se nos pudre poco a poco, señores; Castilla la Vieja está agonizante. Y nosotros, los "jóvenes maleducados", los "mocosos que deberían haber vivido una guerra", los siguientes, los últimos...
Nosotros estamos encerrados en la fortaleza más vieja, dura y cabezota de la meseta.

Ni Cid, ni imperio, ni reyes que se dijeron católicos cuando querían decir caóticos. Ni comuneros, ni caballeros. Leyendas.
Sólo leyendas de un secarral que siempre ha sido penoso, porque ni a triste podía llegar.

Ancha es Castilla.
Y estrechas vuestras molleras.


He dicho.

lunes, 3 de febrero de 2014

Dejadme quererla a solas, soy casi toda suya.

Cómo das vueltas al café,
mientras nos hipnotizas
a ambos
justo antes de bebernos.

Cuándo abrí la cerradura,
que (aunque fuera de Pandora)
yo he decidido
tragarme la llave.

Dónde termina tu magia,
pues yo diría que tras los rizos
ya no cabe más alma
ni más quererte.

Quién te enseñó a besar
para que lo conviertas en arte,
y a mí en aprendiz,
y al resto en parodia.

Qué tiene tu voz
con mi estómago,
que se alían y me traen
las dichosas mariposas.

Por qué me sales al escribir,
por qué al dibujar,
o al soñar.
Por qué no vienes esta noche.


sábado, 25 de enero de 2014

18

En cosa de cuatro horas, un rectangulito de plástico con mi foto me servirá para demostrar que soy adulta. O algo así.

¿Qué tendré mañana que no tenga hoy? Nada. Seré la misma Blanca, con los mismos exámenes y el pelo igual de bonito -no tengo abuela, recuerden-.

Pero no soy la misma Blanca que cuando Blanca empezó. Algo evidente, pero tenía que hacer balance.
La niña reflexiva y perezosa se ha vuelto una mujer algo más espontánea y decidida. Puedo decir que hice el proceso al revés: me he vuelto extrovertida con el paso de los años. He ganado "frescura".

Soy todo lo contrario a lo que imaginé que sería cuando tenía diez años menos. Pero puedo asegurar que si mi yo de hace diez años me hubiera visto ahora por un agujerito, le hubiera gustado.

Ni tengo novio, ni voy a ser profesora, ni me he teñido de negro, ni me he hecho rizos permanentes. Sigo sin tener perro y sin saber hacer la voltereta lateral. Nunca he tenido una bici, y aún me caigo de los tacones.

Tengo una novia preciosa, voy por ciencias, oigo rock y sigo durmiendo con calcetines. Ahora escribo en cursiva y sin agujerear el papel. Y me he negado a llevar lentillas. El lunar en el muslo derecho aún no se ha cansado de mí.

Si de algo estoy segura, es que la Blanca de hace 10 años hubiera odiado mis enes. Las hago como us. COMO US. ¿Sabéis lo mucho que me ha repateado eso siempre?

Y en fin, que este año es EL año.
La mayoría de edad sólo es un símbolo de todo lo que ocurrirá.
Con una especie de nudo agridulce en la garganta, he de despedirme para siempre de la infancia y asumir que soy una adulta con responsabilidades. Con humor y locura siempre, pero responsabilidades. Este año he de demostrarme a mí misma todo lo que he aprendido en los últimos dieciocho años, y no sé si me puede el miedo o las ganas.

Sea como sea, Blanca mayor recuerda con cariño a Blanca pequeña. Y Blanca pequeña admira desde el pasado a Blanca mayor. Aún tienen mucho que aprender la una de la otra antes de olvidarse.

Seguiremos informando.

lunes, 13 de enero de 2014

Se me salen las palabras por las yemas de los dedos
antes de que terminen de formarse en mi cabeza.
Se escapan.
Huyen sin que me de tiempo a






escribirlas.




¿Ves? Todas se alejan de mí.

Lo siento, lo siento. Vuelvan a sus casas y cierren las puertas.
Palabras ex convictas campan a sus anchas.
De esas que apuñalan, roban y violan.

Yo tendría miedo, ahora en serio.
Se me está colando Blanca entre las letras del teclado.