domingo, 25 de noviembre de 2012

7H3 NUR53 (Parte 4)

La policía ya no puede dejar pasar más tiempo. La gente está aterrada y ellos no han encontrado nada aún. Ni siquiera hay una conexión lógica entre las víctimas; ni vivían en calles cercanas, ni frecuentaban lugares comunes, ni se conocían. Tampoco siguen un patrón (hay veces que el asesino tiene una obsesión con un tipo concreto de mujer); cada una tenía una edad, no tienen el mismo color de pelo ni de ojos...sólo comparten el hecho de ser mujeres.
No puede haber más asesinatos...después de este. Y tampoco existe la certeza de que vaya a haber más. ¿Qué parte le queda al asesino por llevarse?

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-Ya lo tienes todo, ¿no?
-...no. El pelo. Falta el pelo. Y los ojos...faltan...faltan...faltan los ojos...
-Agh, cielos. No vas a encontrar a nadie exactamente igual que ella. Si sigues llevándote cachos de gente terminarán pill...
-¡TIENEN QUE SER AZULES! ¡LOS SUYOS ERAN AZULES! ¿NO LO ENTIENDES?
-...¡Relájate!
-...
-...Tómate la pastilla.
-No.
-¿Cuánto llevas sin tomártela?
-...tres semanas.
-...No puedes dejar el tratamiento. Vas a perder la cabeza.
-Me es igual. Ahora tengo otra.

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Sandra P. Brightman, 34 años. Modelo retirada. Tuvo problemas con las drogas antes de dejar las pasarelas y algún encontronazo con los paparazzis, pero estaba intentando limpiar su imagen y remontar su carrera diseñando una línea de ropa propia.

 El cuerpo ha sido encontrado en el loft en el que vivía ahora.


Su cadáver ha sido decapitado. Y no, la decapitación no es la causa de la muerte. He formulado bien la frase. Una vez asesinada, su verdugo le ha cortado la cabeza. Le han quitado toda la ropa. Presenta un corte bastante grande pero preciso desde el esternón hasta el ombligo que deja algunas vísceras expuestas. Los forenses creen que había sido hecho con un bisturí por la limpieza de la incisión. Seguramente haya sido desangrada por esa gran herida.

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-Yo te quiero...¿recuerdas?
-Los ojos...faltan los ojos...los ojos...el pelo...los ojos...el pelo...los ojos...
-Mírame. Respira. Estoy aquí, ¿vale?
-...ojos...pelo...ojos...
-Con la pastilla que te he dado deberías estar mejor en un rato. Yo estoy contigo aquí, ¿de acuerdo?
-...P...por...qué.
-¿Por qué que?
-...¿P-por qué haces esto por mí?
-Porque te quiero. Desde que llegaste aquel día al hospital, aun con toda esa sangre encima me pareciste el mejor hombre del mundo. Supe que eras mío y que yo era tuya.
-...pe...pero...pero ella...
-Ella murió en el accidente. Se fue. Te dejó solo y ahora me tienes a mí.
-...e...ella...
-Shhhh...descansa. Mañana estarás mejor.
-...

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El cadáver de Sandra cuelga de una viga del techo por las muñecas y los tobillos como si fuera una marioneta. A su alrededor hay algunos maniquís que había estado usando para su colección de ropa, también sin cabeza.
Al conjunto apuntan dos Polaroid desde distintos ángulos. Hay un montón de instantáneas en el suelo en las que aparece el cadáver de Sandra, "posando" en diferentes posturas. Pero ni una sola pista, ni huellas en las cámaras, ni sangre, ni nada.

La hipótesis de que hay por lo menos dos asesinos se hace más fuerte.
No queda mucho tiempo.



domingo, 18 de noviembre de 2012

7H3 NUR53 (Parte 3)

Karen J.W., 37 años. Artista. Acababa de inaugurar su primera exposición.
Su novio encontró el cadáver...o...bueno...lo que quedaba de él.

El asesino se estaba cebando. Era evidente que quería llamar la atención de la policía y los forenses. Los agentes habían empezado a cuestionarse si se trataba de una sola persona. Era muy difícil que le diera tiempo a matar a la víctima, desangrarla, deshacerse de todas las pruebas y montar la "escenografía" sin ayuda en tan poco tiempo. La pareja de Karen sólo había estado fuera de casa dos horas. Fuera quien fuera, trabajaba rápido. Habría que barajar la posibilidad de que se tratase de dos personas para seguir la investigación.

Esta vez, el...los...asesinos habían inaugurado su propia exposición.
De nuevo, el panorama se veía nada más abrir la puerta del piso.

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-¿Tienes más anticoagulante?
-Sí, bueno. Queda un poco. Tendré que coger más del laboratorio del hospital.
-...bien.
-Aún no me has dicho para qué quieres toda esa sangre.
-No puedo decírtelo. Es una sorpresa.
-...Tampoco te creas que entiendo por qué te llevas cachos de la gente a casa. Voy a tener que vaciar el frigorífico para que quepan...
-Es que la echo de menos. Eso es todo.
-...
-No me mires así. Sólo quiero volver a verla.
-...Creo que sé por donde vas...y no me hace mucha ilusión.
-¿Acaso pensabas sacarle otro uso a un par de muslos y dos brazos? No creo que te quepan en el horno, si es lo que estabas pensando.

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La puerta de la casa da directamente al salón y la cocina. Es una estancia amplia. La pared enfrentada a la puerta está llena de bastidores de pintor de distintos tamaños por las paredes. Y quienquiera que le ha hecho eso a Karen no ha dejado ninguno vacío...¿por amor al arte?

Una pierna...el brazo izquierdo...la otra pierna...la cabeza...el brazo derecho...todos están clavados a las paredes como cuadros expuestos. 
Esta vez falta el torso. Y de nuevo brillan por su ausencia los cinco litros de sangre que una persona adulta tiene de media. Esta vez los asesinos se han olvidado de limpiar una prueba, aunque tampoco es muy reveladora.
Karen tiene restos de cloroformo en la cara. Eso sólo despeja la duda de cómo las víctimas "se han dejado matar", por decirlo de algún modo.

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-¿De qué la conocías?
-Posó para mis cuadros cuando los dos éramos aprendices. Tuvimos un rollete. Se conserva bien, la verdad.
-Qué romántico.
-Y tú qué irónica.
-Casi nada. Oye, y...¿qué tienes contra ella? ¿Algún tipo de envidia?
-No. Nada. Sólo quiero su cuerpo.
-Ah...dime que al menos no te va la necrofilia.
-Ja, ja, ja. Te veo animada.
-Es que una no mata a alguien todos los días.

sábado, 17 de noviembre de 2012

7H3 NUR53 (Parte 2)

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-¿Qué te parece la de la izquierda?
-¿La del tutú azul?
-Esa.
-Tiene los brazos bonitos.
-Siempre igual. ¿Elegimos a esa o no?
-Paciencia, mujer. Sólo hace dos días desde la primera. Y ni siquiera pude dejarlo bonito, eres una agorera.
-No había tiempo. Y sería dar demasiadas pistas. Aún es pronto. Además te di tu caprichito de la sangre.
-Y las piernas, no te olvides de las piernas.
-Sí, bueno. Las piernas también. He de reconocer que fue divertido.
-...Ya...¿Y por qué la de la izquierda, si se puede saber?
-Es hija de una compañera de la planta a la que odio.
-¿Y por qué no la matas a ella?
-Porque si lo que quiero es hacerle daño, la muerte de su hija es lo más efectivo.
-...Entiendo...¿Me dejarías los brazos de esta?
-...

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13.53 p.m. Cinco días después del primer asesinato.
Lilly C., 19 años. Estudiante. Padres separados, vivía con su madre. Es ella quien encuentra el cadáver de su hija al volver del trabajo, en el hospital St. Thomas.
Lilly tenía un expediente académico envidiable y un futuro prometedor como bailarina de ballet. La nuera que toda suegra querría.

El cuerpo ha sido de nuevo degollado y desangrado, lo que indica que muy probablemente se trate del mismo asesino.
Si la escena del anterior crimen era sobrecogedora, esta tiene una belleza macabra que pone los pelos de punta.
El cadáver se mantiene suspendido y apoyado contra la pared del fondo de su dormitorio gracias al pañuelo que, pasando por el cuello de Lilly, está atado a una percha por encima de su cabeza. Saliendo de su minicadena, suena en bucle la danza del hada Pan de Azúcar, de El Cascanueces.
Lilly seguía vestida con la ropa de los ensayos de ballet cuando la mataron. Su cadáver se mantiene sobre las puntas de las zapatillas en una postura antinatural. Parece una bailarina de caja de música, excepto...
Excepto porque no tiene brazos. De nuevo, ni rastro. No hay restos de sangre, huellas, manchas...nada. Todas las pruebas han sido eliminadas a conciencia.

Los agentes tratarán de buscar una conexión entre las dos víctimas lo antes posible. Es evidente que este energúmeno se da prisa en actuar.


jueves, 15 de noviembre de 2012

7H3-NUR53 (Parte 1)

9:43 de la mañana.
Los agentes fuerzan la cerradura y entran en la escena del crimen. La víctima llevaba cinco días desaparecida cuando una vecina llamó a la policía. Vivía sola.

Mujer. 26 años. En paro. Nadie la echó en falta. Sus padres murieron cuando era pequeña. Apenas han encontrado información de ella. ¿La víctima perfecta?

La imagen sobrecoge.
El cadáver se ve nada más entrar, al final del pasillo. Está tendido en el suelo. El gato de la víctima mordisquea ajeno a la barbarie los cachos de carne desgarrados.
Sí, desgarrados. Porque falta un detalle importante.
El cadáver no tiene piernas. Ni rastro de ellas por ninguna parte.
Aunque el cuerpo lleve cinco días tendido en el suelo, el gato no ha podido comérselas con hueso y todo. Los agentes no se lo explican.

Tampoco pueden entender qué ha pasado con la sangre de la víctima. La mujer presenta un corte profundo y limpio en el cuello, pero no hay ni una pequeña mancha de sangre en la alfombra.
La carne y la piel del cadáver están blanquecinas y frías. Los forenses determinan que la víctima ha sido totalmente desangrada a través del corte en la yugular y que posteriormente le cortaron las extremidades inferiores. Probablemente con un serrucho de pequeño tamaño, lo que explica que la carne esté desgarrada y haya limaduras metálicas en ella. El fémur ha sido arrancado de la articulación de la cadera por completo en las dos piernas.
Pero ¿qué ha hecho el asesino con la sangre extraída? ¿Se la ha llevado? Tampoco es de extrañar cuando, al parecer, también se ha llevado las piernas.

La policía registra contenedores, alcantarillas, el hueco del ascensor del piso...no hay rastro de nada.
Sea quien sea, sabe lo que hace. No hay por dónde coger este caso.
Ni huellas, ni restos, ni un rasguño en la tela de la moqueta. Se ha molestado en limpiarlo todo. Hay restos de químicos desinfectantes en algunas zonas del apartamento.

Todos los vecinos son interrogados. Nadie ha notado nada raro en los últimos cinco días. Al parecer la chica tampoco era muy sociable ni ruidosa. Pasaba totalmente inadvertida.

El caso va a levantar ampollas. Las cadenas de telebasura recurrirán una y otra vez al morbo, al detalle de las piernas. La policía tendrá que andar con pies de plomo y soportar estar en el punto de mira durante la investigación.
Y lo peor de todo es que el asesino sigue suelto.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Lo siento, de veras.

Es que solo me salen entradas de venganzas, apocalipsis, torturas, asesinatos, y demás dramas. Y es curioso, porque mi vida es totalmente feliz y carente de rencores e iras, pero es lo único para lo que me salen palabras. Y tal vez no os apetezca mucho leer ese tipo de cosas.
Y por eso escribo esto.
¿Queréis que termine todos los tétricos borradores que se agolpan en mi escritorio y los publique? ¿Preferís esperar a que tenga una etapa menos...oscura?
En vosotros está la decisión.
Espero, una vez más, que perdonéis a esta pobre loca. De verdad que lo intento, todos los días me planto frente al teclado e intento escribir algo que no sirva para diagnosticarme un trastorno mental grave. Pero no sale, y lo que no quiero hacer es mentir, inventar sin ganas una historia que no me guste, que no me diga nada.
Os doy las gracias por seguir pasando por aquí. De verdad, os merecéis un buen asiento en el cielo (o el infierno, el que prefiráis. Yo me quedo con el segundo).
Sed muy felices.
Espero vuestra respuesta :3

domingo, 28 de octubre de 2012

Perder el control.


Tú no recuerdas mi nombre.
En realidad no me importa.
¿Podemos jugar a este juego a tu manera?
¿De verdad puedo perder el control?

Sólo por una vez en mi vida
creo que estaría bien
simplemente perder el control. Sólo una vez.
Con todas las hermosas flores en el polvo.

Mary tenía un corderito
con los ojos negros como el carbón.
Si jugamos sin hacer ruido, corderito,
Mary no tiene por que enterarse nunca.


Sólo por una vez en mi vida
creo que estaría bien
simplemente perder el control. Sólo una vez.

Si te reduzco a algo que yo pueda utilizar,
me temo que no quedará nada bueno de ti.

martes, 9 de octubre de 2012

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ADVERTENCIA: Si eres muy sensible ante la violencia tal vez no deberías leer esto. No es que haya sangre ni vísceras, pero es una descripción del dolor y la crueldad bastante detallada y que te puede resultar desagradable.
NOTA: Si eres Nuria, no sigas leyendo. Busca en Google "cute kittens" y disfruta (Pero yo te quiero :3)
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Llevaba días encadenada a esa mugrienta pared, húmeda y llena de moho. El por qué llegué allí es irrelevante.
Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra. Los ganchos para los grilletes estaban lo suficientemente altos como para obligarme a estar más o menos de pie, aunque después de varios días todo lo que pude hacer fue dejar caer mi peso esperando que mis hombros me sujetaran un minuto más.
Estaba débil, mis captores apenas me daban de comer o beber. Mis músculos ya no tenían fuerza para sujetarme, en ese sentido las cadenas eran incluso una ventaja.

Mientras contaba las gotas que caían del techo lleno de humedades para no volverme loca (y no las veía, sólo contaba la cadencia con la que se estrellaban contra el suelo), la puerta del zulo se abrió de repente y una luz demasiado potente para lo que entonces eran mis ojos llegó desde el otro lado.

Uno de esos horribles hombres con bata se dirigía hacia mí. Normalmente me ponían inyecciones de agua con azúcar y sales minerales, pero este no parecía llevar nada de eso.
Con una pequeña llave abrió los grilletes. Cuando el metal oxidado se despegó de mi piel, caí desplomada al suelo sobre mis rodillas. Creo que casi pude oír como crujían.

Estaba tan agotada que ni siquiera tenía fuerzas para sorprenderme. No sabía que querrían ahora de mí esos cabrones, pero casi prefería no hacerlo.

En el zulo entraron una mujer y dos hombres más. Los dos hombres llevaban una mesa metálica con ruedas llena de cables y aparatos con muchas luces. Los ojos me dolían con cada destello verde o rojo que salía de los monitores. La mujer sólo llevaba una carpeta y un bolígrafo prendido en el bolsillo de la bata.
Bueno, eso y la expresión más sádica que he visto nunca.

Sin mediar una palabra, comenzaron a ponerme una especie de electrodos por todo el cuerpo, todos conectados a las máquinas de la mesa. Me colocaron también un casco que solo me cubría la parte superior de la cabeza. Pesaba mucho y apretaba en los laterales. También estaba conectado.

Cuando me soltaron apenas podía mantener erguida la cabeza sobre los hombros.

-...¿Qué es esto?- Pregunté con un hilo de voz ronca.
-Un experimento. Eres un conejillo de indias, no te emociones. No eres una elegida ni nada por el estilo, no te lo tomes como algo personal. -Dijo el hombre que me había soltado las cadenas.

La mujer comenzó a hablar nada más terminar la intervención del primero.
-Todos los cables que te hemos puesto y el casco están conectados a estas máquinas. Con esto vamos a producirte dolor de forma gradual en una escala del uno al diez para comprobar en qué punto el cuerpo se colapsa y deja de funcionar. Vas a morirte de dolor, hablando en plata. Y yo voy a tomar nota de todas tus reacciones.

Podría decirse que saboreó cada palabra mientras la decía.
A esas alturas, oír mi sentencia de muerte me era totalmente indiferente. No la deseaba, pero no tenía fuerzas para quitarme todo eso y salir corriendo aunque ya no estuviera encadenada. ¿De qué servía lamentarse?

Me colocaron en el centro de la estancia y encendieron sobre mí un foco blanco. Aun con los ojos cerrados era molesto. Me obligaron a mantenerme de pie aunque las piernas me estuvieran temblando.

Se alejaron unos metros de mí y la mujer tomó de la mesa un pequeño mando.

-Nivel número uno.

Al principio no noté nada, pero de forma muy gradual, una especie de martilleo empezó a recorrerme todo el cuerpo. Eso iba a aguantarlo bien.
Tras unos treinta segundos, la mujer anunció el paso al siguiente nivel.
Las articulaciones más "importantes" como los tobillos, las rodillas o la espalda empezaron a resentirse. Sentía como si me estuvieran apretando los huesos entre dos bloques de cemento.
Pero seguía siendo soportable, o al menos eso intenté que pensaran los de las batas.

Cuando pasé al siguiente nivel cada una de mis articulaciones, incluidas las más pequeñas, como los nudillos, dolían bastante. La presión que sentía en el nivel anterior en las articulaciones mayores comenzó a hacerse insoportable. Las piernas me temblaban mucho, no iban a soportar mucho más mi peso.

-Nivel número cuatro.
El casco comenzó a emitir un zumbido muy desagradable. Los bordes metálicos empezaron a apretarse poco a poco contra mi cabeza, hasta el punto que empecé a sentir mis pulsaciones en las sienes.
Por orgullo más que por otra cosa, hice acopio de todas mis fuerzas para mantener las rodillas en un ángulo en el que me sujetaran más o menos dignamente. Pero aquello no duró mucho.

En el paso al quinto nivel, los electrodos empezaron a emitir descargas eléctricas en los músculos, lo cual  hacía que se movieran de forma involuntaria, además del dolor que producía el calambre. Los cuádriceps fueron unos de los primeros en sufrir el espasmo y caí al suelo quedando casi a gatas. Los brazos aún no habían recibido muchas descargas, pero ya temblaban exageradamente.

En el sexto nivel las descargas aumentaron notablemente la potencia. Por primera vez en todo el proceso se me escapó un grito de dolor, que por lo poco que pude ver provocó un par de sonrisas entre el público masculino.
Cabrones...no iba a darles el gusto de morir así, delante de ellos, retorciéndome. Apreté la mandíbula y levanté la cabeza todo lo que pude.

Las descargas en la espalda me producían espasmos descontrolados en todo el resto del cuerpo. Los electrodos que me habían pegado sobre las costillas empezaron a actuar sobre los músculos intercostales. La caja torácica empezó a moverse a merced del mando de la mujer, yo no controlaba mi propia respiración.

El paso al séptimo nivel fue espantoso.
El casco apretó un poco más, haciendo difícil incluso que mantuviera los ojos abiertos. En las extremidades sentía un dolor insoportable, inhumano. Las manos me dolían tanto que parecía que me las hubiera pillado bajo un bloque de hormigón.
Una de las sacudidas de los electrodos de las costillas fue tan dolorosa que intenté gritar, pero la siguiente sacudida ahogó el sonido. Eran tan rápidas que iba a terminar hiperventilando.

En el octavo nivel dejé de sentir los huesos de las extremidades inferiores. Mi esqueleto dejó de sujetarme por completo y caí al suelo de lado, entre convulsiones.
El último espasmo de los músculos intercostales hizo que se me partiera una costilla. Noté la fractura. En el lado derecho, la cuarta empezando por abajo. Las sacudidas en esa zona cesaron. El aire no me llegaba a los pulmones con normalidad, estaban contraídos en el interior de mi cuerpo.

En el noveno nivel pude gritar con todas mis fuerzas; un espasmo en el abdomen hizo que se moviera el diafragma y los pulmones pudieran hincharse.
Mi cuerpo se retorcía y yo no podía controlarlo. En ese momento solo podía pensar que cuando muriera todo eso terminaría, todo el dolor pasaría.
Aún no alcanzo a comprender cómo, pero por unos instantes vi la cara de horror de los que me torturaban.

Oh, no malpenséis. No se sentían culpables de estar haciendo eso a un ser humano.
No.
Sus caras de horror eran por ver cómo una mísera mujer, un desecho humano, la escoria de la sociedad, había conseguido aguantar tanto.
La sorpresa en la cara de la mujer se convirtió en odio rápidamente.

-¡MUÉRETE DE UNA VEZ, PUTA! ¡NO PUEDE SER QUE AGUANTES TANTO!
Perdió el control y se acercó a mí hasta estar a un paso de mi cabeza. Se agachó y empujó el casco haciéndome dirigir la mirada hacia el mando que controlaba las máquinas.

La idea de la muerte se esfumó de mi cabeza por un momento. La rabia y el odio en la cara de la mujer me dieron fuerza. No física. Fuerza interior.
Iba a quedarme ahí, viva, sólo para joderle el plan a esa energúmena. Iba a ver su cara cuando aguantase el último nivel.

-¡NIVEL DIEZ!
Me soltó la cabeza y pulsó el botón.

...
Un grito desgarrado salió de mis entrañas como si se hubiera abierto paso con un puñal. El casco apretaba más y más de forma progresiva, sin pausa. Mis extremidades convulsionaban y yo luchaba por hacerme un ovillo y contener todo aquel dolor, como si pudiera concentrarlo en un punto ajeno a mí.
Pero era muy difícil.
Se me partió la clavícula izquierda en uno de los espasmos. Se me dislocó un hombro. La costilla rota hacía que cada intento de inspirar fuera tremendamente doloroso.
Me iba...me iba...
No iba a poder...
No...
Podía...

El casco se aflojó de repente. Los electrodos terminaron con la tortura.
Mi cuerpo, como si fuera de trapo, estaba tendido en el suelo. No podía mover ni siquiera los párpados.
Tumbada boca arriba como si hubiera caído del techo, todo parecía ir a cámara super-lenta ahora.

Oí como en la lejanía las voces de los tíos con bata.
-Está muerta- Dijo uno. Oí cuchicheos. No se acercaba nadie a mí.

-No...-Contesté.
Silencio sepulcral.
-No.-Repetí más alto.
Me quité el casco a duras penas aún extendida en el mugriento suelo y giré la cabeza hacia donde estaban ellos.

-No...estoy...MUERTA.
Ya no había dolor...
Es curioso. Llega un punto en el que cuando ya no sientes nada más que dolor, el concepto pierde sentido y deja de existir. El dolor es dolor porque existe el contraste con el bienestar. Pero, ¿qué pasa si todo tu cuerpo duele hasta el extremo?
Que no existe.

Entre respiraciones torpes y lentas pude ver sus caras de horror. Puede que ahora tuvieran miedo.

Lentamente, me incorporé hasta quedar a gatas. Seguían sin hacer un solo ruido.
Mirándoles fijamente, sonreí.
Una carcajada empezó a brotar de mi interior. No podía controlarla, pero era divertido ver a esos hijos de puta haciéndose pis encima.
Me arranqué uno a uno y con parsimonia todos los electrodos y conseguí ponerme de pie. Me sentía más fuerte que cuando empezó el experimento.
Y ellos ahora eran como estatuas. No sé siquiera si respiraban.

Oportunamente, el foco del techo empezó a parpadear hasta fundirse.
La sala quedó a oscuras y con la puerta cerrada.

-Nivel once, hijos de puta.